Páginas
No señores, no se ha acabado el mundo. Hemos sobrevivido al año 2012. Sin embargo, la profecía de los mayas sigue vigente. El 21 de diciembre acabó una Era y empezó otra, la Era del Conocimiento y la Sabiduría. Esta Era da paso a una purificación absoluta en la humanidad, por el bien de nuestro querido planeta y ser vivo, la Tierra. Podríamos estar hablando de otro Apocalipsis. Las profecías mayas son infalibles, por lo tanto es más que probable que los próximos años sean los últimos de tu existencia. Y en este blog vamos a disfrutarlos al máximo ;)
____________________________________________________________________________________
Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas
lunes, 20 de marzo de 2017
Apagón en Madrid
Si me preguntan cuál ha sido la mejor época de mi vida tardaría mucho en contestar, pero en un hipotético TOP-3 estoy seguro de que incluiría estos seis últimos meses. Vivir en Madrid, trabajando en lo que siempre he soñado y compartir piso con dos de mis mejores amigos. Poco más se puede pedir, la verdad.
El domingo, una de las patas que sujetaba esa vida se ha caído. Esteban se ha marchado a Valencia, a perseguir un sueño. Ha cambiado una tienda de acuarios a punto de cerrar por nada más y nada menos que el Oceanografic. Y el caso es que tengo un problema. Por un lado quiero que le vaya muy muy muy bien. Que triunfe porque se merece todo lo bueno y más. Porque conozco pocas personas que hayan trabajado tanto por vivir de una pasión, y Esteban es una de ellas.
Pero, por otro lado, está mi 'yo' egoísta, el que desea que no le vaya tan bien y que vuelva, encuentre aquí un buen trabajo (aunque creo que en Madrid ninguno podría superar al Oceanografic) y siga alargándose esta época dorada, de TOP-3, un poquito más.
Es evidente que por todas partes quedan restos de Esteban. Cajas y restos del acuario. Su tabla de snowboard en el armario. Su libreta del BBVA olvidada en la habitación (como no). El sofá, donde dormía más que en su cama. Cada uno de los cuadros que decoran la pared, todos puestos por él, además de las mesas, el sillón y mi perchero. Fíjate que hoy he comido restos de fajitas que hizo el jueves pasado, una de sus especialidades junto con la merluza rellena de patatas y gambas o el hojaldre relleno de lomo de cerdo.
En realidad, si miro por la ventana, aún le veo sacando la cabeza para fumar, a pesar de estar helado hasta los huesos. Le veo mirando cómo los peces apenas se mueven de un lado a otro, como si el cristal del acuario fuera la pantalla del televisor. Le veo en el sofá viendo una película (o haciendo que la ve, en realidad está durmiendo). Le veo tardando dos horas para ducharse (alguna cosilla más hace, a nosotros no nos engaña). Y le veo entrando por la puerta, pegando un grito, entrando en la cocina con la cara iluminada (aunque el que le conoce sabe que la lleva así de serie) porque sabe que hay gazpacho manchego para comer.
Ahora que se ha ido, me falta un trocito aquí. Madrid está un poco más nublado, a la cachimba le van a salir telarañas y nadie podrá hacernos crepes como los de Torrevieja. ¿Quién me dirá que compre bayetas para la mopa? ¿Quién me colgará un cuadro en la habitación? El trío que ha disfrutado de cerveceo, cine, cenas a lo grande y hasta de un concierto de Sum41 se rompe y quizá no se vuelva a unir.
Desde aquí quiero agradecerte todo. Absolutamente todo. Por venir a lo desconocido sabiendo que no iba a ser fácil. Por llenar de luz cada rincón de la casa (es una metáfora, o no). Por hacernos disfrutar de seis meses inolvidables. Ni te imaginas lo que Fenoll y yo te vamos a echar de menos.
Como diría Bertín Osborne, mi casa (nuestra casa) es la tuya. Así que ya tardas en instalarte en tu amado sofá, en hacernos unos crepes con chocolate y en preparar una cachimba, que empieza la peli. Aquí siempre te estaremos esperando.
miércoles, 21 de octubre de 2015
Un año en Madrid
Madrid es un despertar temprano, o tardío, dependiendo del turno que tengas en el trabajo. Es mirar por el balcón y ver las dos torres Kio, en su majestuosidad, vigilándolo todo en pleno centro de la Castellana. Es ver el asfalto recubierto de hojas marrones, caídas por el otoño, que empezó hace mucho más tiempo que en cualquier lugar donde haya vivido antes.
Madrid es bajar el ascensor con alguien a quien no has visto en tu vida. Aunque lleves un año en el edificio. Es ver a los vecinos de enfrente una vez cada cuatro meses, y seguir tan sonrientes como siempre. O es ver a ancianos molestos por las prisas de jovenzuelos como nosotros, que nos ceden el paso casi malhumorados, mientras el portero del fin de semana te saluda como si fuera Chewaka.
Madrid es mucha gente. Muchas personas. Por todas partes. Y muchos coches. Es ser incapaz de pasar la Avenida en semáforo rojo. Yo, que me he saltado incontables. Es bajar las escaleras del metro mientras escuchas de fondo el "Buenos días, señor" del hombre negro que vende pañuelos en la esquina del Delina's. Es sonreír porque en el panel pone que queda un minuto, o morir de rabia cuando las puertas del metro se cierran en tus mismísimos morros.
Madrid es un calor tremendo en verano y un frío que te sacude el cuerpo en invierno. Es vivir de cambios de temperatura constantes, porque en todo establecimiento hay calefacción o aire acondicionado. Es llover, relampaguear, granizar o nevar cuando menos te lo esperes. Es poder dibujar 'Callosa de Segura' en el suelo y salir en Telecinco gritando como un animal.
Madrid es ir a Valdeacederas a comprar al Mercadona. O una bombilla en la Ferreteria. O pollo de campo -y no del terreno- en el 'Mercado de las Maravillas'. Es comer en el Telepizza los martes (locos), tapear en los 100 Montaditos el miércoles y cenar en el TGB los jueves -o comer, o las dos cosas-. Es hincharte a comer en el Tigre hasta que no puedas más. Y luego ir en busca de un pub donde no te ofrezcan chupitos de licor de melocotón.
Madrid es ir a comprar el pan y encontrarte con Helen Lindes. Ir al Bernabéu y subir las escaleras del Metro junto a Víctor Sánchez del Amo. Es esperar la cola para entrar a un concierto y saludar a Miki Nadal. Es pasear por Gran Vía y ver a un humorista comprando ropa interior en Lefties, o a Garbajosa cenando con su mujer en una mesa al aire libre. Es llegar a Sol y encontrarte una manifestación de cualquier -repito, cualquier- cosa: Bomberos cabreados, izquierdistas resignados, franquistas Anti-Podemos, empresarios desempleados, jóvenes en paro, mujeres contra el maltrato, homosexuales contra la Iglesia o protestantes contra el efecto invernadero.
Madrid es ver los típicos sitios de siempre y enamorarte de ellos. De una puesta de sol en el Retiro, de un bocata de calamares en la Plaza Mayor, de un paseo en el Teleférico, de una foto en el Palacio Real, de unas tostas en el Rastro, de una celebración en Cibeles. Pero también es descubrir, porque a esta ciudad nunca dejas de descubrirla. Las maravillosas vistas desde las Tetas de Vallecas, un té en 'La Ciudad Invisible', una pinta en un pub irlandés de primera categoría o unos chopitos de lujo en las callejuelas paralelas a la Puerta del Sol.
Madrid es un sueño. Es todavía no creer que estás allí, y menos un año. Es poder hacer lo que quieras. Es poder hacer lo que más te gusta, y poder perseguir las ilusiones que tenías de niño. Es sentirte el rey del mundo. Es disfrutar cada segundo con tus compañeros, con tus amigos, con aquellos familiares que te visitan, con ella. Es coger un tren en Atocha y contar los minutos para volver. Es querer vivir aquí toda la vida. Ojalá.
jueves, 15 de octubre de 2015
Chutes en vena de mi tierra
Adoro Madrid, siempre he querido vivir aquí y creo que siempre querré. Pero necesitaba unas mini-vacaciones, una pequeña desconexión, estar varios días en casa, en mi casa, con mi familia y amigos, y dejar de sentir el bullicio de tanta gente desconocida para disfrutar de la paz que supone vivir en un municipio de apenas 20.000 habitantes.
En uno diez días he hecho de todo, por cierto. Desde defender una propuesta por el futuro de CDS Noticias en un escenario a recoger mi título de Graduado en Periodismo. Desde aprender a hacer calamares rellenos a ver las películas de 'Cómo entrenar a tu dragón'. Desde volver a sentir lo que es jugar al FIFA a recordar lo mortífero que puede ser subir al pico más alto de la Sierra. Desde quedar con la gente a la que más quieres, a recrear festejos únicos con los tuyos.
Sí, se me ha hecho hasta raro volver a la capital. Y eso que al asomarme una vez más al balcón del noveno piso del 205 del Paseo de la Castellana, y notar el frío y la inmensidad de Madrid, he vuelto a sonreír, porque sé que este es mi sitio. Pero necesito chutes en vena de mi tierra cada cierto tiempo. No lo puedo evitar. Y nunca lo evitaré.
sábado, 7 de febrero de 2015
El viento sopla a favor
Ha arrancado muy bien el año. Vaya que sí. Con mi gente, en Madrid, en una Nochevieja mágica. Con grandes reencuentros en Callosa. Con una deliciosa fiesta de Roscón de Reyes. Con un cumpleaños sensacional en Elda. Y con una vuelta a casa, a la Castellana, cargada de grandes momentos.
En estos 25 días he hecho muchas cosas. He donado sangre, he ido a ver un Real Madrid-Atlético con mis tíos, he ido a jugar a fútbol con los de mi clase, he descubierto el llamado 'tercer tiempo', me he hinchado a comer en el Tommy Mels de la Vaguada, me he comprado unas zapatillas de lobo, he visto nevar, he salido en los Informativos de Telecinco, he trasnochado para ver el Sudamericano sub-20, he conocido a Paco Jémez, me he comido un menú con paella y codillo a la gallega, he ido al cine a ver la Teoría del Todo, he descubierto que me sale de maravilla el pavo en salsa y que es muy fácil hacer mi salsa favorita, a la pimienta; he ido a la rotativa donde imprimen MARCA, he visto cómo el Villarreal se clasificaba por primera vez en su historia a semifinales de Copa, he descubierto un buen restaurante chino, me he emborrachado con Esteban en el Mercado Provenzal, he disfrutado de una de las mejores Superbowls de la historia, he asistido a un acto único gracias a 'Patrocínalos', me he dado cuenta de que voy por buen camino, he vuelto al Bernabéu gracias a Sergio y he encontrado unas de las mejores croquetas que probé en mi vida. Visite cualquier Rodilla de Madrid.
Ahora estoy de vuelta a casa por el cumple de mi hermana y porque esta misma noche me voy a Sierra Nevada a hacer snow -para que me entendáis, a darme porrazos- y a Granada de tapeo y cañeo. Sí, la vida, últimamente, me sonríe. Y no sería posible sin esa gente que te apoya, que es capaz de demostrártelo con un tesoro que nunca olvidaré. Eso ha sido lo mejor de estos últimos 25 días, lo mejor que me han hecho, creo yo, en toda mi vida. Esas son las cosas que te hacen seguir adelante. Sopla el viento a favor. Hay que aprovecharlo.
domingo, 30 de noviembre de 2014
40 días en Madrid
Llevo 40 días en Madrid. Creo que es la primera vez que vivo tanto tiempo lejos de Callosa. Y, pese a todo lo que echo de menos, no cambiaría esta experiencia por nada del mundo.
En 40 días te das cuenta de que en Madrid, el tiempo pasa muy rápido. Las semanas son días que se lleva el viento. Sales de casa por la mañana y poco después ya has vuelto para ver 'Zapeando'. Si tienes algo que hacer o que ver, entonces la velocidad se multiplica por tres. Y casi sin darte cuenta, el metro se te ha ido en tus narices.
Porque Madrid es una ciudad frenética. No descubro nada si digo que hay gente en todas partes, a todas horas. Gente que se sienta a tu lado en el autobús y ni se inmuta. Aquí todo el mundo va a su bola, eres uno más de entre miles de personas. A veces, gustaría que las serias caras del metro se convirtieran en sonrisas. Pero la rutina y el cansancio se apodera de sus vidas. Espero no convertirme en una de ellas.
Quizás es lo más triste de Madrid. Porque el resto es magnífico. El frío que siempre anhelé en Alicante, las hojas marrones por el suelo que reflejan que sí, que aquí el otoño es un paso intermedio entre el verano y el invierno; las múltiples ofertas de ocio, la cantidad de bares, tascas, pubs y garitos que hay cada cien metros, las inmensas avenidas ya adornadas con luces de Navidad. El imponente Bernabéu iluminando la noche. No hay otra ciudad igual en ese sentido.
En 40 días te das cuenta de que, a pesar de la velocidad, del ruido y el frenesí, hay tiempo para el relax y la tranquilidad. Para leer y escribir. Para ver la tele. Para tomarte una cerveza en casa. Para soñar despierto. Para escribir esta entrada. Si algo he aprendido es que por muy apasionante que sea Madrid, no hay por qué estar a su altura. Hay que disfrutarla en pequeñas dosis.
En 40 días te das cuenta de que ser independiente, después de muchos años practicando, no es nada difícil. Solo tienes que añadir un plus de responsabilidad. Ya sé que en los vídeos de 'Tres callosinos en la Castellana' parecemos unos tarados, pero la casa está en buenas manos. Aquí cocinamos, limpiamos, hacemos la compra, decoramos y trabajamos. Antes de venir aquí, me propuse dos cosas: no pasar hambre y no gastar más de lo necesario.
40 días dan para confirmar que estar en MARCA es un sueño. Sí, también hay clases aburridas -todo no puede ser a gusto del consumidor- pero cuando toca escribir, ir a una rueda de prensa, hacer una entrevista o escuchar a un referente, deseas parar el tiempo y que nada acabe. No cabe duda de que quise ser periodista por cosas como éstas.
Aun así, 40 días solo es la punta de un iceberg que sobresale en el mar. Lo sumergido está ante nosotros, y nos espera con los brazos abiertos en los próximos días. Sí, Madrid, de momento, nos cuida bien.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Pesadilla en la cocina
Ayer me quemé por primera vez cocinando. "Sí, es lo que tiene freír todos los días, después de no haber dado un palo al agua en tu vida", diréis. Pero he cocinado durante tantos años y con una soltura impropia que hasta este momento no me había pasado. Yo, que refunfuñaba de los fogones de mi casa, siempre mal puestos después de limpiarlos, ahora los añoro como si no hubiera un mañana. Las ganas que tenía de cocinar, de hacer platos para mis pupilos -José y Sergio-, en una cocina vieja pero utilizable al fin y al cabo...
Pues bien, tengo que decir que nuestra cocina es una jodida pocilga. Y no solo por el olor, ni por la fregaza sin limpiar, ni por el cachumbo de la ropa sucia a punto de explotar. No. Hay un problema muy gordo con los fogones. Con el horno. Con el lavavajillas. Con el frigo. Con el microondas. Y dios sabe que me estoy olvidando de muchas cosas más.
Los fogones
Es lo peor no sólo de la cocina, sino de toda la casa. Pones una sartén de cualquier tamaño y se tambalea. Y lo peor es que solo se fríe la mitad más cercana al fuego. Si hago cuatro filetes, dos pueden quedar torrados y los otros dos crudos. Como ayer la tortilla de patatas: mitad doradita, mitad huevo líquido. Cuando fui a darle la vuelta otra vez, me salpicó el aceite y lo tiré todo al suelo. Tuve que echarme pasta de dientes en la mano. In my life.
El horno
El horno huele como si hubiéramos asado mierda. Al enchufarlo -hay que apretar, encender con una cerilla un agujero y esperar unos diez segundos- la casa adquiere un olor extraño, como a pato incinerado. Y luego descubrimos que, por ejemplo, torra las pizzas por abajo pero las deja casi intactas por arriba. El otro día se nos cayó una encima del agujero ardiente y el resultado ya lo imaginarán. Pizza calentita.
Lavavajillas
A este le he pillado el tranquillo, pero no fue nada fácil. Tuvo que subir el portero para, con su mano de Rey Midas, tocar algo al azar y hacerlo funcionar. Le das a la ruedecilla de la derecha hacia la izquierda, un poco. Vemos que arranca, pero que al minuto o menos se para. Entonces volvemos a girar hacia la izquierda y funciona hasta el final. ¿Lo malo? José tiene la teoría de que este aparato estropea los vasos. Ya se nos han roto dos: uno, sacándolo y al tocar con una puerta partirse en dos; el otro, ayer en un acto propio de un fantasma: Sergio se hizo un vaso de leche y cuando iba al salón, el culo cayó de golpe al suelo y la leche se desparramó sin más. Alucina vecina.
El frigo
Con el frigo acabo rápido: SIGUE TENIENDO EL MISMO TUFO A PODRIDO QUE EL PRIMER DÍA.
Microondas
El caso es que el dueño del piso ni lo incluyó en el inventario porque dijo que era muy viejo y que nos lo regalaba. Pues casualmente es lo que mejor funciona. La pega: no calienta un minuto. Es decir, tienes que poner dos minutos como mínimo. Es decir, si no estás contando cuánto tiempo lleva, igual en vez de leche te bebes un vaso de lava volcánica.
martes, 30 de septiembre de 2014
Nuestro sitio
Hoy, esta vacío. Pero en unos días...
Será nuestro lugar sagrado. El sitio donde estirar las piernas. Donde relajarse. Donde desayunar, almorzar, merendar o cenar. Donde tomar unas birras. Donde pasar el rato. Donde ver la Champions. Donde reencontrarnos tras un día agotador. Donde sentirnos libres. Donde vivir la experiencia de nuestras vidas.
Sí, hoy este sofá está vacío. Pero muy pronto se llenará de grandes recuerdos.
#YaQuedaMenos :)
jueves, 10 de julio de 2014
Un viaje improvisado
Lunes, las nueve y trece minutos de la mañana. Abro un ojo y miro, de forma instintiva, la luz parpadeante del móvil. Lo desbloqueo y me encuentro con un Whatsapp de José que decía: "Loco, ¿si te dejan entrar (al hotel), te vendrías esta noche?".
Se refería a Madrid. José tenía que hacer un programa especial en El Escorial en un encuentro de radios universitarias organizado por ARU. Como tenía que ir el miércoles a la entrevista en el máster de Marca, me comentó si tenía las agallas de coger un tren, colarme en el hotel cinco estrellas en el que se alojaban él e Iván -otro chico de mi clase- y disfrutar de tres días apasionantes en la capital.
Cuando leí el mensaje, seguí durmiendo. No pensé siquiera en la magnitud de su pregunta. Estaba acalorado y tenía los pies destrozados de roceduras y picotazos de mosquitos. Tenía que ir a la academia de inglés, pero era imposible levantarme -sorry, Ginés-. Además, todavía no había superado la fiesta de Graduación del viernes pasado. Cuando me levanté a media mañana porque tenía que ir a comprar al Mercadona, empecé una conversación larguísima en la que José me insistía en que fuera y yo no paraba de buscar problemas.
Entonces, tomé una de las decisiones más impulsivas de mi vida. A las seis de la tarde estaba subido en un AVE destino a Madrid tras comprar los billetes en la misma estación y sin saber siquiera dónde iba a dormir. El tren tardó solo dos horas en llegar. Me monté en un metro y acabé en la Puerta del Sol -que ahora se llama 'Vodafone Sol'- y en unos minutos aparecieron José e Iván a recibirme. Era todo muy descabellado, pero en ese momento me sentí el rey del mundo.
Fuimos a tomar algo al Lizarrán, después a cenar con Bea -otra compañera- en un bar del centro, y luego nos encaminamos al Escorial en un cercanías que tardó una hora en llegar al pueblo. Después, subimos una cuesta enorme, con maleta incluida, hasta que llegamos al fantástico hotel de cinco estrellas: Euroforum. Estaba cagado de miedo por si no podía entrar, pero el recepcionista ni me miró. Pude dormir, comer, colaborar con el programa y visitar el Escorial... ¡Todo gratis!
Quién me iba a decir que aquel martes iba a despertarme en la misma cama que José, en una habitación de hotel, y que en menos de una hora iba a entrevistar a Manuel Chamorro, ex médico del Real Madrid, en el programa especial citado para las 12 h. Fue alucinante estar allí, igual de alucinante que comer en un sitio de lujo, con una carne espectacular acompañada de deliciosas patatas y unos profiteroles de chocolate y canela. Eso sí, daba la sensación de que no encajábamos allí para nada. Todos los presentes eran pijos con traje, corbata y botox en la cara que cortaban con cuchillo y tenedor una aceituna -¡UNA ACEITUNA!-, mientras que nosotros eramos tres tíos de la Vega Baja paralizados por tales acontecimientos. No dábamos crédito.
Por la tarde, pusimos rumbo a Madrid. Es curioso el trayecto de El Escorial hasta la capital española. Pueblos variopintos, propios de haber participado en el Gran Prix -como 'Zorreras' o 'Pitis', y vistas semejantes a la sabana africana, con una multitud enorme de cervatillos campeando a sus anchas. Un paisaje idílico, vaya.
En Madrid, alquilamos una habitación en el Hostal 'Helena'. Justo enfrente de la plaza de Callao, con unas vistas impresionantes. Solo nos costó 10 euros, pero lo que nos sorprendió fue el impresionante edificio que albergaba varios hostales, el nuestro en la novena y última planta. Nos atendió una señora, sudamericana, muy amable -sería Helena-. Esa misma tarde aprovechamos para visitar la capilla ardiente del Santiago Bernabéu, que albergaba el cuerpo de Alfredo Di Stéfano, recientemente fallecido.
El histórico, legendario y asombroso 1-7 que endosó Alemania a Brasil esa noche, pudimos verlo junto a Bea, Rubén -su novio- y Sandra -amiga de José- en un bar gallego en el que pedimos dos pintas y nos sirvieron, totalmente gratis: dos platos de ensalada de pimiento y boca de mar, un plato de paella, rollitos con salsa de curry y un postre típico de Bangladesh. Sí, era un bar gallego, pero la multiculturalidad, como en todo Madrid, era alucinante.
Después, paseamos un rato por Chueca -zona conocida por su proliferación de homosexuales-, donde nos invitaron a varios garitos gays -todavía recuerdo un relaciones públicas que nos dijo: "Aquí hay de todo: mariconeo, lesbianeo, heteromeneo (no sé que dijo exactamente)... para que os pongáis bien calentitos". Muerte. Acabamos en un McDonalds con un sandy y un McFlurry y volvimos a la habitación después de que nos acosaran a tarjetas de cabarets, locales de striptease y prostíbulos. La noche madrileña, vaya.
Y yo, al día siguiente, tenía la entrevista en Marca. José me acompañó en metro a Hortaleza, donde estaba la sede de Unidad Editorial. Tras unas cuantas dificultades para entrar, nos dieron acreditaciones y pude encontrar a Maria Jesús, con la que ya había contactado por correo electrónico. Hice dos pruebas: un test de actualidad y una redacción sobre las causas del fracaso español en el Mundial de Brasil. Después, una pequeña entrevista con la coordinadora del Máster y un ex coordinador que más tarde nos enseñó la redacción de Marca. Allí estaban periodistas conocidos como Nacho Labarga, José Rodríguez o nada menos que Marcos López. Flipé al verle, mientras para el resto pasaba totalmente desapercibido. Nos regalaron el MARCA del día ('Humillaçao Mundial) y nos pudimos echar fotos en la sala de reuniones, con la 'M' que caracteriza al medio. Sin duda, un día para recordar toda la vida.
Cuando volvimos al hostal, Helena nos echó una bronca tremenda: resulta que tuvo que sacar todas nuestras cosas porque a las 12 h debíamos dejar la habitación, que ya estaba reservada para dos chicas. Pedimos disculpas y nos comprometió a volver lo antes posible. Poco después, cogimos el metro hasta Atocha, para comer en el Burguer y volver a casa.
Creo que nunca había pasado tanto tiempo en Madrid. Tampoco había viajado tanto en metro, ni subido y bajado tantas escaleras. No había visto tanta gente de un lado para otro, gente de diversas razas y culturas. Gente que cantaba flamenco en el metro a cambio de monedas, o pedía limosna por no tener dedo o tener la mano rota. Madrid es las dos caras de una misma moneda. Es encontrarte a Adriana Abenia en plena Puerta del Sol grabando un spot, y al mismo tiempo ver parados que pedían la voluntad a cambio de pañuelos. Es un guitarrista tocando playback en las escaleras del metro o Sweet California tocando en la puerta del Santiago Bernabéu.
Estos tres días me han devuelto mi espíritu aventurero, me he demostrado que soy capaz de hacer cosas que ni imaginaba, y me ha recordado, como cada vez que visito Madrid, lo más importante: que quiero vivir en esa ciudad, y estoy a unos centímetros de conseguirlo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)














