No señores, no se ha acabado el mundo. Hemos sobrevivido al año 2012. Sin embargo, la profecía de los mayas sigue vigente. El 21 de diciembre acabó una Era y empezó otra, la Era del Conocimiento y la Sabiduría. Esta Era da paso a una purificación absoluta en la humanidad, por el bien de nuestro querido planeta y ser vivo, la Tierra. Podríamos estar hablando de otro Apocalipsis. Las profecías mayas son infalibles, por lo tanto es más que probable que los próximos años sean los últimos de tu existencia. Y en este blog vamos a disfrutarlos al máximo ;)
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miércoles, 19 de marzo de 2014

El eterno disparate de discriminar la excelencia

Hace unos días, mi madre me contó que mi prima Laura, de seis años, es una niña sobresaliente. De las mejores de su clase. Se esfuerza al máximo y toca el violín de forma magistral. Sin embargo, la excelencia se convierte en motivo de burla por sus compañeros, que se mofan de ella por ser 'empollona'. Sí, me diréis que así es la vida, que esto ha pasado siempre y que es lo más normal del mundo. Pues vaya, no debería serlo.

Los niños pueden llegar a ser muy crueles, y sacan defectos, nada menos, que en las propias virtudes. Y lo peor es que son muy pocos los que siguen esforzándose por ser los mejores por el simple hecho de sentirse aceptado. La educación es una de las asignaturas pendientes de este país y un problema muy gordo es la discriminación -es que manda narices- hacia aquellos que están capacitados para sacar nuestra sociedad adelante. Es obvio que no se le puede explicar eso a un niño, pero estoy seguro de que se puede encontrar la manera de que los más pequeños vean que hacer las cosas MUY BIEN está, valga la redundancia, pero que MUY BIEN.

Porque ser 'empollón' no significa que no se pueda ser 'guay'. Porque... ¿Quiénes son los 'guays' en una clase de primaria? ¿Los que más goles marcan en el patio del colegio? ¿Los que tienen el mejor juguete? ¿Los que saben decir más palabrotas? Lamentablemente, en la actualidad ha ganado enteros esta última. Pero no podemos dejar que los niños que se pueden convertir en grandes celebridades dejen escapar su futuro por querer ser los reyes del cotarro ahora. El que ríe el último ríe mejor.

¿Discriminamos ahora a Rafa Nadal por ser el nº1 de la ATP? ¿A Penélope Cruz por ser nuestra actriz más internacional? ¿A Pedro J. Ramírez por ser el periodista más influyente en España en los últimos veinte años? Pues eso.

PD: Me indigno porque los niños discriminan a los que pueden levantar este país en un futuro. Pues en este vídeo -uno de los mejores cortos que he visto en mi vida- se relata una historia de amistad entre una niña y un niño con parálisis de sus extremidades. Un ejemplo de cómo ser un verdadero ser humano.

PD2: Supongo que a nadie se le ocurrirá el mecanismo para quitar la 'maldad' que se usaba en 'La Naranja Mecánica'...


viernes, 6 de diciembre de 2013

Todo está bien

A veces, los que vivimos en este lado del mundo y en esta época que puede considerarse 'pacífica' en todos los sentidos, creemos que todo está bien. Que no hay violencia, que se acabaron las guerras de antaño, que la discriminación racial se acabó para siempre. Lamentablemente, eso no es así. Muchos países siguen sufriendo atrocidades que pocos podríamos imaginar de no verlas con nuestros propios ojos.


Escribo esto una bonita mañana de invierno, mirando de vez en cuando por la ventana y sabiendo que todo está en paz. Tecleo mi ordenador tranquilamente, sin pensar que de un momento a otro puede estallar una bomba al otro lado del edificio. Y pienso que aquí, en mi pueblo y en mi país, vivimos en el siglo XXI; pero mientras, al otro lado del mundo, todavía no saben qué es la libertad.

Y escribo esto porque a muchos les pasa, estoy seguro. Eso de pensar que todo está bien. Si no enciendo la televisión y pongo el canal de las noticias, todo está bien. Si he tenido la suerte de vivir en esta parte del hemisferio, aquí y ahora, todo está bien. Quizás todo está bien porque hace cientos de años mucha gente luchó porque esto estuviera bien. Las grandes injusticias de la humanidad no se acabaron porque al dictador de turno se le pasara por la cabeza que estaba destrozando las esperanzas de miles de personas. Acabaron porque grandes hombres y mujeres lo hicieron posible. Hombres y mujeres que vivieron en sus propias carnes las atrocidades de las que les hablaba. 

Y es que existieron, existen y existirán pocas personas capaces de movilizar a miles en busca de la paz y la libertad. Muchos países en guerra las buscan desesperadamente, como si estuvieran escondidas en alguna parte. Sudáfrica fue uno de los territorios africanos en los que la presencia colonial europea fue más temprana. Primero holandeses y después británicos se instalaron de forma permanente para hacer de este país un objeto de codicia a costa de sus habitantes, relegados a un plano secundario, discriminados por su tono de piel y despojados de sus derechos.

En ese país, en el que la mayoría negra vivía marginada de la riqueza, el bienestar y la participación política, pero en el que todo se sustentaba en su trabajo, fue en el que nació el hombre llamado a acabar con semejante injusticia. Nelson Rolihlahla Mandela. Fue responsable de que el Congreso Nacional Africano, principal partido político de la comunidad negra, abandonase su política de protesta para adoptar estrategias más propias de los que luchaban contra el colonialismo. Por ello, estuvo encerrado casi una tercera parte de su vida, pero su espirítu siguió en las calles. Miles de personas no habían visto jamás su cara, pero coreaban su nombre como símbolo contra lo que llamaban esclavitud. Salió de prisión con setenta años, dispuesto a gobernar un país que había conseguido acabar con el apartheid y recuperar así la fe en el ser humano.

Historias como la de Nelson Mandela son las que te reconcilian con la humanidad. Un hombre que fue reprimido constantemente, que sufrió lo mismo que tantos de sus compatriotas, que fue despojado de su libertad durante más de treinta años, y que al salir de la cárcel tuvo la capacidad de dejar de lado su dolor y resentimiento personales para lograr una meta guiada por el interés colectivo. Anoche murió una parte de nosotros, un trocito que viene a recordarnos lo importante que es luchar por nuestros derechos, pero sobre todo, lo importante que es hacerlo sin sed de venganza.

Si hoy todo está 'bien', es gracias a personas como Nelson Mandela.


lunes, 18 de noviembre de 2013

Así eramos antes

En este bonito día como son los lunes, en el que por fin me he librado del mocho que tenía por cabellera, en el que el frío ha llegado -o eso parece- definitivamente para quedarse, en el que hemos realizado una de las mejores entrevistas que recuerdo, y en el que tengo la cabeza y el corazón cargado de optimismo, voy a compartir la reflexión de un lector del XL Semanal, publicada en el día de ayer, y que debe servir a todos como lección en estos tiempos que llamamos de "crisis":



"Gano menos que hace cinco años, mi mujer está en el paro, tengo dos hijos a punto de entrar en la universidad y una hipoteca por un piso que vale menos que cuando lo compré. ¡Que nadie se asuste! No es un anuncio para pedir limosna, solo soy un español normal y corriente. Sin embargo, tengo los años suficientes como para haber conocido tiempos peores y acordarme de cómo eran las cosas antes de que nos creyésemos ricos.

Teníamos poco. Mi ropa cabía en un pequeño armario de no más de un metro de ancho. Y como muchos de mi generación estudié la carrera por la noche; por el día descargaba camiones, cosía zapatillas o barría fábricas, lo que fuera con tal de salir adelante. Pero estas estrecheces no nos impedían ser gente optimista, generosa y alegre. Ahora, a pesar de tener mucho más, incluso en plena crisis, nos hemos vuelto tristes, codiciosos y huraños.

El domingo, mientras paseaba por el parque, observe una escena que me hizo transportarme a esa época. Un grupo de gente tocando la guitarra, cantando y riendo. ¿Pueden creerlo? Eran inmigrantes sudamericanos. Seguramente tenían menos que yo, pero parecían más felices. ¡Así eramos antes!"

                                                                                                   
                                                                                   Julio Fernández Díez. Logroño