No señores, no se ha acabado el mundo. Hemos sobrevivido al año 2012. Sin embargo, la profecía de los mayas sigue vigente. El 21 de diciembre acabó una Era y empezó otra, la Era del Conocimiento y la Sabiduría. Esta Era da paso a una purificación absoluta en la humanidad, por el bien de nuestro querido planeta y ser vivo, la Tierra. Podríamos estar hablando de otro Apocalipsis. Las profecías mayas son infalibles, por lo tanto es más que probable que los próximos años sean los últimos de tu existencia. Y en este blog vamos a disfrutarlos al máximo ;)
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martes, 5 de agosto de 2014

SCARBOROUGH 5: Nostalgia, la gomina asesina y el falso Van Nistelrooy



Ahora lo echo de menos. Adoro Callosa, y me encanta estar con mi gente, y soy una de esas personas que llevan por bandera la frase 'Hogar, dulce hogar'. Como en casa, en ningún sitio. Sin embargo, uno cree que Scarborough, o una ciudad parecida, perfectamente podría convertirse en hogar. En un gran hogar.

Uno cree, además, que en Scarborough hemos dejado cosas pendientes. Que el tiempo ha pasado muy rápido, y que a pesar de lo que se dice, que es un pueblo en el que no se puede hacer nada, está lleno de vida. Y de naturaleza. Y lleno de posibilidades. Podría acostumbrarme perfectamente a una vida en la que tuviera que hablar inglés porque sí, en la que me levantara pronto -a las ocho toda Inglaterra tiene los ojos abiertos-, tomara unos huevos fritos con bacon y fuera a estudiar, trabajar, aprender. Comer a las 12 h, salir a pasear por las sendas, acabar en la playa y bañarte. Subir corriendo al castillo. Bajarlo en bici. Ver un partido de la Premier League con una pinta en la mano. Relajarte en casa viendo una peli de Rocky Balboa. Y dormir hasta que amanezca un nuevo día.

Sí, todo se ve desde otra perspectiva cuando dejas algo. Allí, todo lo malo martilleaba mi cabeza: que no tienes wifi, que Scarborough está lleno de cuestas, que las gaviotas no se callan, que hay cientos de coches, que no entiendes ni pajolera idea de lo que te dice el revisor del tren, que suenan sirenas de ambulancia o de policía cada treinta minutos, que en Inglaterra es difícil ver la luz del sol. 

Entonces, solo tienes ganas de volver a casa. Coger el tren de las 16:53, hacer trasbordo en York y llegar al aeropuerto de Manchester a las 20 h. Hacer una cola enorme, de más de dos horas. Mirar a tu alrededor y ver mujeres espectaculares que, al parecer, viajaban a un concurso de belleza; cuatro tipos de muy mal rollo detrás tuyo -uno de ellos me pidió perdón tres veces por darme con la maleta- y, a lo lejos, una figura muy familiar. No me lo podía creer. A unas cuatro filas de mi, estaba a punto de facturar su maleta Rudd Van Nistelrooy, la estrella de fútbol.

¿Qué hacía 'Van Gol' en Manchester? Empecé a asociar ideas. Rudd jugó en el ManU, y los vuelos de Monarch -la compañía en la que viajábamos- de esa noche eran casi todos a España. Él había jugado en Madrid y en Málaga. Seguramente, tendrá casas en todas las ciudades en las que ha jugado. Traté de visualizarlo con más claridad. Llevaba gorra y gafas, como de incógnito, aunque recuerdo haberle visto alguna vez así en sus últimos años en la Rosaleda. No podía hacer nada para acercarme a él, perdería mi sitio en la eterna cola hasta el mostrador. Cuando menos me lo esperé, desapareció.

Por entonces, yo estaba que me cagaba en los pantalones. Nunca había volado con Monarch, y no tenía tarjeta de embarque. Mientras toda la gente iba cargada con papeles, yo solo podía enseñar una factura en el móvil y el DNI. La chica que me tocó fue simpatiquísima, y me dio la tarjeta al instante, además del asiento que yo quise. Me preguntó como se decía 'ventanilla' y 'pasillo' en castellano, y se despidió con un literal 'ADIÓS', con marcado acento inglés, claro.

Subí las escaleras hasta el primer control. La chica que lo custodiaba me hizo tirar la botella de agua y un 'aerosol'. Me había echado el desodorante en la mochila porque sabía que el viaje iba a ser largo y no iba a parar de sudar como un pollo. Comprobé el resto de objetos por si tenía que tirar algo más. Solo llevaba un libro, papeles, el cargador del móvil y un bote de gomina que me compré en 'TESCO' y que me salió por un ojo de la cara. Todo inofensivo.

Entonces llegué al control de verdad. Lo dejé todo en una bandeja y pasé por el detector. Sin problemas. Entonces pasó la bandeja y se desvió por otro conducto. Me temí lo peor: ya hace ocho años, cuando volvía de Londres, los controladores abrieron mi mochila y descubrieron un cuchillo que había tomado prestado de la familia con la que vivía para cortar el espetec. La policía se alarmó al pensar qué podía hacer yo con una arma blanca antes de entrar en un avión.

Pero este no era el caso. Cuando la controladora me abrió la mochila, sacó la gomina y volvió a pasarla por el detector sin problemas, me quedé atónito. ¿EN SERIO? ¿UN BOTE DE GOMINA QUE ME COSTÓ MÁS DE CINCO EUROS? Paré a pensar en las miles de razones con las que podía haber provocado una desgracia durante el vuelo con un bote de gomina asesina. Me imaginaba los titulares: "Hombre provoca accidente aéreo al pringar de gomina la cara del piloto del vuelo 685". Muero.

Después de ese lío, las colas me dieron tregua. Fui al Burguer King, me zampé un menú y esperé a que abrieran la puerta de embarque. Me quedaban cinco libras sueltas, así que decidí gastarlas en chocolate. Fui a una pequeña tienda regentada por árabes en la que me compré dos kit-kats y un kinder-bueno por 2,40 libras. La dependienta, con velo incluido, me hizo sacar la tarjeta de embarque después del billete de cinco libras. Me dijo, 'OK' y me fui. Descubrí que no me dio el cambio unos cuantos metros más adelante. Entonces ya era tarde para volver. Fuck.

Llegué a la puerta y allí estaba. Rudd Van Nistelrooy. Iba a Alicante. Y si me ponía en la cola, iba a ir casi detrás de él. Me aparté y traté de visualizarlo con más claridad desde distintos ángulos. Un señor me observaba perplejo mientras recorría la sala tratando de dilucidar que sí, que era Van Nistelrooy. Al final, no podía marcharme así como así. Tenía que preguntárselo. Se lo solté en español por si me equivocaba y así me iba tan pancho. Pero cuando empezó a reírse ya sabía que no era él. Y que además era español. Me dijo: "ojalá fuera él". Yo regresé a la cola, más larga que antes, muerto de vergüenza. Para colmo, el falso Van Nistelrooy no dejó de mirarme hasta que entramos en el avión.

No despegamos hasta las doce pasadas. Iba sentado con dos chicas rubias que trataron de acomodarse unas doscientas veces para dormir. Yo me puse el Ipod y escuché música hasta que de repente la azafata me dijo que abriera la ventanilla y me quitara los auriculares. Casi me obligó. Si no lo hubiera hecho, ¿nos abríamos estrellado? Nunca lo sabremos.

Se notó la llegada a España. Primero por la angustia del calor. Habíamos subido más de diez grados de golpe. Segundo, porque cuando el segurata me dejó pasar viendo mi DNI, dijo en un tono cálido y campechano: "Hola, Buenah Nocheh". Y tercero, porque el 'eficiente' aeropuerto de Alicante tardó más de media hora en hacer funcionar la cinta de equipaje. Luego, mi madre no recordaba donde había puesto el coche. Entré a mi casa de Callosa a las 5:10, más de doce horas después de haber salido de mi piso de Scarborough. Ya entonces, en mi cama, con un calor de mil demonios e incapaz de dormir, comencé a echar de menos a ese pueblecito de la costa inglesa que, a pesar de las gaviotas, las cuestas, las sirenas y las comisiones, iba a recordar por siempre como un lugar mágico, idílico, de los que sueñas con vivir algún día. Ojalá.


lunes, 4 de agosto de 2014

SCARBOROUGH 4: De Anfield a Riverside

Quién me iba a decir a mi hace más o menos un mes, cuando supe con seguridad que iba a estar diez días en Scarborough, que iba a cumplir dos sueños, dos objetivos que perseguía desde que la pasión del fútbol se cernió sobre mí. No, no estoy hablando de ver un partido del Scarborough FC, que juega en la octava división inglesa. He tenido la fortuna y el placer de poder visitar dos estadios míticos: Anfield Road y Riverside Stadium.

El primero, dos días después de aterrizar en tierras británicas. Mi prima me dio la gran noticia de que ese domingo todo el colegio iba de excursión a Liverpool, y que por supuesto pasaríamos por el magnífico estadio de los reds. No hay campo que soñara más conocer. Me apasiona la Premier League, y el Liverpool representa el auténtico espíritu del football. Es un campo pequeño -me sorprendí mucho-, tradicional, que posee un aura especial, huele a historia de este deporte. El interior está plagado de cuadros con grandes figuras y con los mejores entrenadores del club. Casualmente, no estaba Rafa Benítez, que consiguió la Champions en 2005 en una de las finales más grandes de la Copa de Europa. El guía nos dio una excusa muy mala, parece que todavía andan quemados con el madrileño.

También me sorprendió -y decepcionó- una sala en la que guardaban camisetas enmarcadas de clubes que fueron humillados por el Liverpool. Estaba la del Barça -cuando fue eliminado en la semifinal de la Copa de la Uefa en 2001- y estaba la del Madrid, cuando perdió 4-0 en octavos de final de Champions, un partido que se recuerda por las palabras de Vicente Boluda, anterior presidente blanco, en las que afirmaba que en Anfield iban a "chorrear" a los reds. Vaya por Dios.



Aquel día tuve también la suerte de poder tomarme una cerveza -dos, para ser exactos- en el bar donde tocaban los Beatles. Incluso eché un meo donde solía hacerlo John Lennon. Vimos un desfile en honor al centenario de la Primera Guerra Mundial -horrible- y comimos en el Subway. Poca cosa que añadir aparte de que tuve que soportar durante el viaje de ida en autobús a unos italianos que no dejaban de cantar su himno nacional -y se reían de que el nuestro no tuviera 'palabras'- y nos decían: "¿Where is Van Persie?" recordando el 5-1 en el Mundial. Una de las pocas palabras que salieron de mi boca aquella mañana fue para responderles: "¿And where is Godín?

Seis días después, estaba a bordo de un autobús dirección Middlesbrough. Un día decidí que este equipo, que alcanzó la final de la UEFA frente al Sevilla en 2006 y que tiene ahora como entrenador a Aitor Karanka, iba a llamarlo para siempre por su apodo: el Boro. O en su defecto, el Boro inglés. Sin embargo, para encontrar un medio de transporte en el que ir hasta allí, tuve que decir el nombre de la ciudad unas 500 veces. Nunca me entendieron.

Eran dos horas y pico de viaje, pero valía la pena. Fui solo, a pesar de mis intentos por llevar a muchos chavales que querían acompañarme. Llegué a la estación de autobuses y cogí un taxi hasta el Riverside Stadium, a las afueras de la ciudad, para ver, casualmente, al Villarreal CF. Resulta que estaba de pretemporada en Inglaterra y su primera parada era el Boro. No podía desperdiciar la oportunidad de ver por primera vez un partido en un campo inglés, y encima frente al Submarino. Compré la entrada por 10 libras y entré al estadio 20 minutos antes del pitido inicial. Me lleve sorpresa doble: primero, al entrar por la puerta del campo, te encuentras con una especie de hall abarrotado de aficionados bebiendo pintas y comiendo hamburguesas. El paraíso, vamos. ¿Cuándo aprenderán en España? Me pedí media pinta y creo que los ingleses me miraron peor que si no llevara nada.

La segunda sorpresa llegó al entrar por el acceso a las gradas. Me encontré con el césped, a ras, y con los jugadores del Villarreal a un metro. Pude hacerme fotos con Cani y Tomás Pina. Conocí a unos amigos de Mario, el lateral derecho, que fueron muy simpáticos ayudándome con las fotos de los jugadores y con otra chica española que estaba allí y que no conseguí ni siquiera su nombre. ¡Una pena! Me quedé con la espina de no estrecharle la mano a Marcelino y decirle que estaba haciendo un gran trabajo en el Villarreal. Creo que le tuve mucho respeto. Demasiado.



Vi el partido cerquísima del césped, al lado de los banquillos, y con una señora del Boro que descubrió que yo era español y que se dedicó a decirme todos los sitios de España que había visitado: Alicante, Benidorm, Alpujarra, los Picos de Europa... incluso me invitó a un bollo, que rechacé porque sospechaba que llevaba pasas en su interior. ¡Con lo buenos que están con chocolate! La señora se llegó a interesar por el Submarino. Me preguntó de dónde era y cual era su mejor jugador. Se sorprendió con los goles amarillos en la primera parte. Y me dedicó una enorme sonrisa cuando se marchó al descanso a causa de la lluvia.

Cuando terminó el partido, me fui corriendo a comprarme un cuarto de libra con queso en el puesto, y fui a la rotonda en la que me dejó el taxi porque le pregunté al conductor si podía volver cuando acabara el partido. El taxista fue muy amable, y aunque no pudo ir, mandó a un compañero a recogerme. 

Éste, al comprobar mi pésimo inglés, se molestó sobremanera en indicarme cómo tenía que encontrar mi autobús en la estación. Pensaba que era fácil, pero fue de locos. Verme a mí, corriendo de un lado para otro entre autobuses, con todas las puertas cerradas -porque ahí no se podía entrar si no era para acceder directamente al autobús- y buscando el que me llevara a Scarborough, cuando solo quedaban cinco minutos para que arrancara, fue una situación de lo más cómica. Cuando buscaba la pantallita con el número, un hombre mayor se cayó al suelo en mis narices. Le ayudé a levantarse hasta que llegó su acompañante y me dio los gracias, pero yo el autobús lo perdía, estaba seguro. Entonces el tipo me ayudó y conseguí dar con él. Muy agradecido.

Todo el lío, las cuatro horas y media de viaje, en un autobús destartalado que no podía subir las cuestas con un desnivel del 25 % y que hacía paradas en medio de la nada, valió muchísimo la pena. Para mí, hay una escena que se me va a quedar para siempre en la retina. Riverside Stadium, descanso. Se oyen cánticos de fondo. De repente, empieza a llover y comienza a sonar 'Wake me up when September ends', de Green Day, por megafonía. Se me pusieron los pelos de punta. Día inolvidable.


jueves, 31 de julio de 2014

SCARBOROUGH 3: Doble Filo



Lo que voy a relatar es la historia extraída de unas exhaustivas conclusiones a raíz de una extensa investigación sobre el pueblo inglés en el que estoy viviendo y que recibe el nombre de Scarborough -si es que lo he escrito bien-. Bueno, en realidad es una serie de observaciones superfluas, pero qué más da. Al menos he encontrado la manera de poner las tildes en el teclado.

Scarborough, como ya dije, te da la primera impresión de pueblecito en la costa en el que se vive un remanso absoluto de paz. Lo cierto es que hay zonas espectaculares para ello, desde un complejo de Spa que se anuncia en un cartel cada cien metros hasta grandes zonas donde se respira naturaleza  por los cuatro costados. Incluso sobre las ocho de la tarde, momento en el que la inmensa mayoría de la población se encuentra ya inmersa en un profundo sueno -no, no he encontrado todavía la manera de poner la N de EspaNa-, se puede pasear por las calles escuchando poco más que la brisa de la playa o los graznidos de las doscientas mil gaviotas que pueblan este lugar.

Y además, las vistas de Scarborough son magníficas. Ya dije que todo sitio en el que me encantaría vivir debería tener naturaleza y mar. Aquí puedes pasear por sendas plagadas de vegetación -más propia de las Amazonas- y acabar en la playa, o subir a un castillo y contemplar el hermoso paisaje que dibujan los bellos prados, con las casitas británicas a lo lejos y el mar de fondo. Sí, uno querría despertarse con esa visión todas las mananas -sí, maNanas-.

Y a los que dicen que no se puede hacer nada en este "pueblo de jubilados", os diré que Scarborough está plagado de supermercados, centros comerciales, parques, feria, playa y abundantes sitios de comida rápida. Pero sobre todo bares. Y una estupenda librería en la que estoy ahora mismo y en la que tengo que cambiarme de ordenador cada media hora para poder seguir gorroneando Internet.

Ahora, al igual que el doctor Jekyll y el señor Hyde, Scarborough tiene un lado oscuro, casi siniestro. Empezando por las gaviotas que te miran fíjamente a los ojos posadas en una papelera mientras tiras un envoltorio. Siguiendo por lo negro que se vuelve todo por la noche, cuando parece que las nueve son las cuatro de la manana en cualquier lugar del mundo. El ambiente es desolador, y no es difícil encontrarte con gente chunga y tener miedo. El otro día iba a TESCO y para entrar tienes que hacer un laberinto de cojones. Yo ya pensaba que era una trampa de dos tipos con chupa que iban detras de mí y querían extraerme los órganos.


En Scarborough hay decenas de contenedores por calle y presumen de tener los jardines cuidados y los puentes recién pintados. Pero, como podemos ver en la foto, hay rincones que dejan mucho que desear.

Sí, este parece un lugar tranquilo, pero aquí hay movimiento contínuo mientras el sol esté en lo alto. A veces hay que esperar hasta diez minutos para pasar de una calle a otra. Aparecen coches por todas partes. Hay cruces enormes en los que no hay semáforos y en la acera se ven calaveras de gente que murió esperando para pasar.

Y luego, a cada hora, uno de esos coches es una ambulancia o un furgón policial. Es verdad que he visto en películas cómo bomberos rescatan a gatitos en las copas de los árboles, pero no creo que lleguen a ese punto -o sí-. El caso es que aquí a cada rato pasa algo. El otro día, hubo una pelea en un bar y la policía acudió para obligar al que había empezado a que pidiera perdón. Éste lo hizo y los agentes se retiraron sin detener a nadie. Ah, y uno de los primeros carteles que leí nada más llegar fue uno de la comisaría de Scarborough, que avisaba de la búsqueda de un hombre por triple asesinato. Casi nada.

La delincuencia aquí es un hecho, y parece que no se llevan a cabo las medidas pertinentes para detenerla. En lugar de eso, se obliga a pedir perdón y se empenan -sí, empeNan- en construir calles sin salida para que cualquiera se despiste y acabe en las manos de la mafia inglesa.

Aunque el mayor crimen, y ya hablo en general de todo Reino Unido, es el de cobrar comisión cada vez que se saca dinero de la tarjeta. Mira que EspaNa hace cosas mal, pero por lo menos si voy a mi banco no tengo que pagar por extraer efectivo de mi cuenta. Aquí te roban los ladrones y las empresas.

Capítulo 1: Otro Mundo
Capítulo 2: La Vida al Revés

miércoles, 30 de julio de 2014

SCARBOROUGH 2: La vida al revés



¿He dicho ya que Scarborough –sigo sin saber si está bien escrito- es un pueblo atípico? Está a más de 2400 kilómetros de Callosa, en la costa del condado de Yorkshire, al norte de Inglaterra. Ya conté mi odisea para llegar al ‘culo del mundo’. Mi primera impresión fue la de un pueblecito plagado de jubilados que agotan sus vacaciones en un lugar tranquilo, con colinas y playa –todo lo que un buen sitio en el que vivir debe tener- y poco movimiento. Pero lo cierto es que lo hay, aunque con algunas connotaciones.

Porque hay que tener claro que en Scarborough, y aquí puedo incluir también a todo Reino Unido, la gente tiene un concepto del tiempo muy diferente al nuestro. Aquí amanece a las cinco de la mañana, se come sobre las doce, y se cena sobre las seis de la tarde. Las tiendas cierran, como muy tarde, entre las 17:30 y las 18 h. El otro día fui a un supermercado veinticuatro horas sobre las 21:30, y el ambiente era desolador. Luces medio encendidas, los dependientes recogiendo y limpiando, cosas tiradas por el suelo y la peor gente de los suburbios llevándose los productos que todavía quedaban en los estantes.

Sin embargo, aquí hay muchos bares –aunque la mayoría cierran sobre las once de la noche- en los que te puedes beber una buena pinta mientras rapiñas un poco de Wifi. Porque hay que decir que en el piso en el que estoy viviendo no hay internet, y para poder conectarme tengo que 1. Encender la itinerancia de datos, por la cual me púan vivo. 2. Ir al bar de la esquina, el Cast Inn, donde tuve que hacerme una cuenta, al igual que en el MacDonalds o 3. Ir al colegio y gorronear en la cafetería, donde ahora mismo estoy yo solo, con el ordenador, un enchufe y dos kit-kat de la máquina en el buche.

¿Qué como? Por ahora, me alimento con lo que pillo. Soy un cazador nato. Nada más llegar el viernes fuimos a un italiano –porque aquí no es conveniente ir a un restaurante inglés, si es que hay- donde disfruté de un sensacional plato de espaguetis con salsa carbonara. Al día siguiente, las simpatiquísimas callosinas que están estudiando aquí me invitaron a otro plato de pasta con carbonara para comer. Para cenar, una deliciosa tortilla hecha por Carmen María. Great. Y el domingo, en Liverpool, comida basura. Un Subway y un Burguer King. El lunes, una sopa de pasta con pollo y para cenar, una doble cheese burguer. Todavía no he probado las gigantescas bandejas de patatas y carne o pescado de las que se alimentan, por unanimidad, todos los ingleses que acuden a la playa no a bañarse, sino a hacer picnic. No sé si es solo una impresión, pero aquí la gente está gorda, muy gorda, y en muchos casos, obesa.

¿Y dónde vivo? Recuerdo aún mis primeras palabras nada más entrar en mi nuevo hogar: “¿Esto es el piso?”. Un habitáculo con dos camas, cocina y maletas tiradas por el suelo. Dormí en una colchoneta inflable el primer día. Para lavar la ropa, un cachumbo en el fregadero. El aseo, en el pasillo. Y doy gracias de que Pilar me deja su adaptador para enchufar el ordenador o cargar el móvil. Olvidé por completo que en este país de locos todo funcional del revés. Conducen por la izquierda, los botellones son a las siete de la tarde y los enchufes tienen tres palitos en lugar de dos. Fuck.

Hablando de discotecas, el viernes acabamos en una que cerraba a la 1:30 –para ellos, como si amaneciera- y pudimos ver que a esas horas intempestivas te puedes encontrar a la gente más extravagante posible: un tipo con una camiseta de tirantes que se volvía loco bailando, otro que daba saltos de un lado para otro en la pista, como si fuera un grillo; y una mujer de sesenta años con un escote que casi le llegaba al ombligo y que le restregaba las tetas a un hombre que parecía un vaquero del viejo Oeste. Claro que las que partían la pana eran las callosinas, por supuesto.

Ah, lo más importante que todavía no he dicho de Scarborough: está infestado de gaviotas. Gaviotas del tamaño de portaviones. Gaviotas que no se callan en todo el día. Gaviotas que parece que están pariendo y que incluso en el silencio más profundo puedes oírlas. ¡Ahora mismo las oigo! Gaviotas que, si quisieran, ya habrían dominado esta ciudad. Son gigantescas y nos superan en número. Vivo con el miedo de que se declaren en rebeldía y nos maten a todos.



martes, 29 de julio de 2014

SCARBOROUGH 1: Otro mundo


Ni siquiera sé si, todavía, he escrito bien el nombre del pueblo de la costa inglesa en el que estoy viviendo estos días. Scarborough es atípico, lugareño, con unas vistas preciosas y mucho –aunque no lo parezca- movimiento. No obstante, empecemos por el principio.

¿Qué hago yo en el culo del mundo? Pues resulta que un día mi prima Loles –profesora de inglés- me dijo si quería venir con ella a Inglaterra este verano, que había sitio para uno más y solo tenía que pagar el viaje. Me lo pensé unos segundos y acepté. Estoy cansado de estar recluido en una minúscula parte del planeta que, además, tengo ya muy vista. No pensé en las condiciones –nadie me las dijo, pero tampoco las pregunté- ni en qué me iba a encontrar, tan solo quería salir de la monótona vida en Callosa de Segura.

No creí de verdad que iba a volver a Inglaterra hasta que tuve en mis manos la reserva de los billetes de avión. Desde 2006 –estuve en Londres tres semanas-  he tenido varias oportunidades para visitar el país del té, pero por unas u otras razones acabé desistiendo. Esta era la mía. Un día después de hacer el examen del B1 cogí un vuelo y me fui, solo, a la aventura.

Un vuelo que, dicho sea de paso, casi me deja en tierra. Hice una cola enorme para facturar, luego fui a comprar algo para comer porque tenía el estómago vacío –acabé eligiendo un sándwich de pollo con curry que me costó 6 euros- y cuando me lo dieron y le di tres o cuatro mordiscos, ya solo quedaba diez minutos para que cerraran la puerta de embarque.  Me hicieron sacar el ordenador de la mochila y desperdigar todas mis cosas en bandejas… quedaba cinco minutos para el cierre cuando avisé al controlador, que me ayudó a pasar como un rayo. Avancé por la señal de ‘puertas de embarque’ hasta aparecer en una tienda a tope de colonias, tabaco, prensa… pensé que me había equivocado, luego divisé una pantalla a lo lejos y múltiples carteles con sus puertas.

En la pantalla ponía que faltaba un minuto para el embarque en el vuelo a Manchester. Puerta 37. Salí como un bólido corriendo, encontré pronto dos carteles que incluían el número en cuestión, pero en la segunda, fruto de los nervios, se me olvidó el número. Tuve que volver a la pantalla y asegurarme: sí, era el 37. Entonces fui presa del pánico. En el vuelo de Manchester, ‘embarque’ se había convertido en ‘boarding’. No, yo no tenía ni idea de que era la traducción en inglés. Creí entender que se trataba de algo parecido a ‘a bordo’ y que ya no podía entrar. Afortunadamente, estaba en un error. Cuando llegué a la puerta, sudado como un pollo, había una cola de mil demonios. El avión seguía esperando a sus pasajeros.

Por mi cabeza solo pasaba la idea de que en cualquier momento podían echarme y mandarme a casa. Por llegar tarde, por no tener bien los papeles, por equivocarme de avión, por no llevar pasaporte –todo el mundo lo llevaba-, por llevar mucho peso en la mochila de mano…  Ya en el avión, descubrí que no comprar tu asiento implica sentarte en el medio de una fila de tres. A la izquierda, una mujer tatuada que no dejaba de comer. A la derecha, una señora que leía un libro que parecía interminable. Todo el mundo hablaba ya en inglés. Hasta las azafatas.

No entendí ni pajolera idea de lo que se dijo por megafonía. Al final, solo las medidas de seguridad las tradujeron al español. Me pasé las tres horas de vuelo escuchando música, tratando de leer un libro del Trabajo de Fin de Grado y mirando a las musarañas. La mujer que no dejaba de comer me dio apetito con una napolitana gigante de jamón y queso que se pidió, y quise sacar lo que me quedaba de sándwich de la mochila. Pero al meterlo a toda prisa antes de pasar el control de seguridad, estaba totalmente despachurrado entre mis cosas. Todavía quedan restos.


En realidad, los aviones no me ponen nervioso. No me pesaron los últimos accidentes aéreos, e incluso el despegue estuvo guay. Sin embargo, tenía un miedo atroz a que por tener el móvil encendido el avión, ya en el aire, cayera desplomado como un saco de patatas. Respiré cuando pasaron varios y largos minutos.

El aterrizaje fue bastante más estruendoso. No recordaba la experiencia de ir en avión -no cogía uno desde hacía ocho años-y entre que las noticias recordaban los últimos desastres y que la última serie que vi fue ‘Perdidos’, reconozco que por un momento se me subieron los huevos a la garganta. Segundos después, pusieron una música extravagante para anunciar la llegada a Manchester. Cuando fuimos a salir, comunicaron un mensaje por megafonía. Solo entendí “sorry”, “few minutes” y “apologize”. Es decir, algo no iba bien. Mi paranoia no desapareció hasta que pude bajar las escaleras tras un viaje de infarto.

Lo de los trenes sí que fue de risa. Compré un billete para ir a Scarborough, y me dieron uno en el que tenía que hacer trasbordo en York. Tenía que coger el de Middlesbrough, a la 13:33, en la vía 3A. En punto, a la 13:33 en la 3A, apareció un tren. Menos mal que pregunté antes de subirme: no iba a Middlesbrough. Busqué la pantallita y resulta que el tren había cambiado de vía y de hora. Dichosos ingleses.

Lo mejor es que monté en el tren correcto, y no lo supe hasta que llegué a York. Porque primero le dio por ir para atrás –como hace el cercanías con dirección a Alicante en San Gabriel- hasta Manchester Picadilly, y luego parecía que volvía a su lugar de origen. Pero me llevó derechito a mi destino, donde se suponía que en veinte minutos salía un tren hacia Scarborough. Se retrasó 35 minutos de la hora. En ese tiempo, aproveché para comer un deliciosa ‘British Cumberland’ con queso, un ingrediente secreto el cual no conseguí averiguar y cebolla caramelizada.


Llegué al pueblo sobre las 17 h, muerto perdido, tras haber cogido un vuelo y dos trenes, tras hacer un examen del B1 y beber cerveza con los colegas por la noche. Tras haber dormido seis horas de las últimas 48. Pero valía la pena. Ya estaba allí, en otra parte. En otro mundo.