No señores, no se ha acabado el mundo. Hemos sobrevivido al año 2012. Sin embargo, la profecía de los mayas sigue vigente. El 21 de diciembre acabó una Era y empezó otra, la Era del Conocimiento y la Sabiduría. Esta Era da paso a una purificación absoluta en la humanidad, por el bien de nuestro querido planeta y ser vivo, la Tierra. Podríamos estar hablando de otro Apocalipsis. Las profecías mayas son infalibles, por lo tanto es más que probable que los próximos años sean los últimos de tu existencia. Y en este blog vamos a disfrutarlos al máximo ;)
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jueves, 12 de abril de 2018

Viaje a Palma de Mallorca




El pasado lunes visité por primera vez las Islas Baleares. Cogí unos días de vacaciones y me aproveché de una oferta de Ryanair (27 € ida y vuelta) y nos fuimos Caroline y yo a disfrutar de Palma de Mallorca.

Lo primero que notas es que el clima es radicalmente diferente al de Madrid. Unos 15 grados más hacía aquel día al salir del aeropuerto, que se encuentra a 8 kilómetros del centro. Evitad los taxis: Preguntamos a uno y nos dijo que nos cobraría 20 € más o menos. Cogiendo la línea 1 de autobús, solo cinco. Recomiendo descargar la app 'MobiPalma', que te describe cada línea de bus y te dice cuándo pasan por cada parada. A nosotros nos vino de lujo.




Nos hospedamos en el Hostal Pinar, un poco alejado, pero económico, acogedor y con piscina (y con un Mercadona al lado). Nos permitieron dejar nuestras cosas en una habitación al día siguiente, cuando ya había terminado nuestra reserva. Lo primero que hicimos fue ir a comer algo en un bar cercano (todo estaba preparado para guiris). Después, fuimos al centro a dar una vuelta, desde la Plaza de España a la Plaza Mayor. Acabamos en la Catedral de Mallorca, gigantesca y muy bonita (solo unos días antes se vivió allí el conflicto de las reinas).

Después fuimos a comer a uno de los restaurantes próximos al puerto. Acabamos en 'El Pesquero', un poco caro pero muy servicial y con un arroz exquisito. Además, nos pusieron una gran ración de pescaíto frito por 10 euros. Para bajar la comida, volvimos andando al hotel, para descansar toda la tarde-noche.



Al día siguiente, desayuno y un poco de piscina antes de subir el monte donde se elevaba el castillo de Bellver (a solo 15 min andando de nuestro hotel). Escaleras y más escaleras que merecieron la pena solo por ver las preciosas vistas de Palma y el mar mediterráneo desde lo alto. Antes de comer, teníamos que ver la playa. Fuimos a Cala Major, donde nos mojamos los pies en una agua de azul precioso mientras nos salpicaba la brisa.

Volvimos al centro para comer algo y disfrutar de unas ensaimadas en Can Joan de S'Aigo antes de visitar el Palacio de la Almudaina, donde descubrimos la sala en la que el emir se rindió ante Jaime I en la reconquista de la isla, un 31 de diciembre de 1229. Después cogimos un taxi al hotel, recogimos las cosas y nos subimos a un autobús camino al aeropuerto y de vuelta a casa. Obviamente habrá que volver para visitar los pueblos de alrededor (Deia Andraitx, Pollensa, Manacor), pero eso ya será en otra ocasión.


sábado, 20 de enero de 2018

Mi viaje a Amsterdam



No es la primera vez que viajo a Amsterdam. Ya fui con unos amigos hace dos años en nuestro particular interrail, y la verdad es que me encantó. Por entonces fuimos dos días, en verano, con una temperatura ideal y disfrutamos de lo lindo. En esta ocasión también me lo he pasado guay, pero las circunstancias climatológicas no ayudaron.

Antes de ir a Amsterdam estuve unos días en La Haya, a media hora del aeropuerto Schipol. Alquilé un apartamento con Airbnb al lado de la estación (muy recomendable) y... apenas pude salir de él. El frío, el viento, la lluvia... Terrible.

En Amsterdam el tiempo era igual o peor, pero había que disfrutar de la capital holandesa. En esta ocasión decidí alquilar una habitación en un barco anclado en el muelle. No me pude resistir. Tenía que probarlo.

Comimos en un restaurante peruano (delicioso) junto a los canales. Por la ciudad nos movimos en Uber (entre 5 y 8 euros) más por comodidad que por otra cosa, aunque es cierto que lo recomendable es empaparse bien de la información del transporte público de allí, que dicen que es bueno. Después estuvimos en una pastelería donde había absolutamente de todo. Nosotros nos decantamos por una napolitana de chocolate y un gofre con nutella, además del chocolate caliente que nos abrasó las lenguas.



Por la tarde, hicimos un crucero por los canales aprovechando 'Water Colors', un espectáculo de luces que se suele hacer en estas fechas. Con GetYourGuide nos salió bastante barato.

Al día siguiente, un buen desayuno en el Liberté (el barco) para después patear un poco la ciudad (a pesar del frío y la lluvia). Acabamos en el Primark (me compré hasta un pijama) y después en un restaurante que me había recomendado Pablo, el Cannibale Royale. Lo peor llegó por la tarde, cuando tuvimos que volver a La Haya. Tratamos de coger un tren en Amsterdam Central, pero fue imposible. Estaban todos cancelados por una de las mayores tormentas que han sacudido al país. Después de seis horas intentándolo, acabamos alquilando un hotel en el centro de la ciudad, el Damrak Inn, que no recomiendo por sus horribles escaleras.

En definitiva... Me encanta Amsterdam, pero si vuelvo será en verano.



martes, 2 de enero de 2018

Nochevieja en Sevilla


 


No ha sido una de mis mejores nocheviejas, y es que tuve la mala suerte de pillar una de las peores gripes de mi vida poco antes de emprender el viaje. Aun así, lo pasé con algunos de mis mejores amigos en una ciudad que me encanta: Sevilla.

Salimos temprano en el coche de Samuel. Tardamos poco más de cinco horas en llegar al apartamento de airbnb que teníamos alquilado, en un barrio algo alejado del centro. Tras dejar las cosas, fuimos a comer a una freiduría, donde comimos pescaíto frito, croquetas, chipirones, tortas de camarón... Luego llegaron Sergio y Pablo y seguimos comiendo en un bar de al lado. Lo malo es que a mi me sabía todo al 10% por la maldita congestión.




Ya por la tarde-noche nos fuimos a dar una vuelta por el centro. Encontramos a dos callosinos (como no) y subimos al mirador de la plaza de las setas a contemplar la ciudad desde arriba. Después nos tomamos unas cervezas en la Sureña y a que Sergio se comprara un traje. Yo aproveché y me compré una camisa y dos camisetas. Luego vimos a mi compañero de piso, José Enrique, en un sitio con cientos de tipos de cervezas, y acabamos cenando no muy lejos de allí. Volvimos a casa en taxi.

Al día siguiente volvimos al centro, pero esta vez orientados al Barrio de Triana, para ver el río y el ambiente previo al año nuevo. Comimos por allí y luego dimos una vuelta hasta llegar a la Giralda y el Alcázar. Después de eso volvimos a casa y preparamos todo para cenar antes de salir de fiesta.

Al día siguiente, pedimos kebabs a domicilio mientras veíamos pelis en Netflix. Ya bien entrada la tarde, nos dimos un garbeo hasta llegar a la Plaza de España, donde nos hicimos una única foto porque estaban cerrando. Ya al día siguiente volvimos con unas bicis y nos echamos muchas más fotos. Sinceramente, es la mejor plaza en la que he estado. ¡iIncluso encontramos Callosa! Luego visitamos el Benito Villamarín y comimos en un bar de los alrededores. Después de eso tuvimos que devolver las bicis y Javi y Pablo me llevaron al aeropuerto de Sevilla para regresar a Madrid.



jueves, 16 de noviembre de 2017

Alcalá de Henares


Llevo tres años recién cumplidos viviendo en Madrid, y me da un poco de vergüenza no haber ido a muchos sitios tan cercanos e interesantes de la provincia. Por eso, Fenoll y yo decidimos ir a Alcalá de Henares aprovechando que teníamos el miércoles libre.

Llegamos sobre las 13 horas más o menos a la estación de tren de la ciudad, y pasamos casi sin darnos cuenta por el palacio de Laredo. Andamos un rato y acabamos en la antigua Universidad (construida en 1499) para luego ver, gratis, las obras del museo de arte iberoamericano.


Como ya se hizo la hora de comer, fuimos a tomar un menú en el Índalo original (ya había estado en un local en el centro de Madrid). Guisado de carne y patatas y huevos revueltos con jamón. Después fuimos a la casa natal de Miguel de Cervantes (gratis también) y a la Catedral. Nos costó 3 € la visita, subiendo tropecientos escalones para llegar a lo más alto de la torre. No era nada del otro mundo, y estuve dos días con agujetas. Además, en toda la catedral se escuchaba un señor (o señora, no se veía bien) tocando un órgano que retumbaba y causaba inquietud.


Por último, cogimos un autobús para ir al ver las ruinas romanas de Complutum, la ciudad sobre la que hoy se asienta Alcalá de Henares. Como llegamos 15 minutos antes de que cerraran, nos dejaron pasar gratis, aunque lo vimos todo un poco deprisa.

sábado, 21 de octubre de 2017

Mi viaje a Perú




1. Primera vez en Sudamérica. Una auténtica pasada.
2. Si podéis, no voléis con Plus Ultra. La peor aerolínea en la que he montado. 12 horas de vuelo y los asientos son incomodísimos. Y para colmo las pantallas no funcionan.
3. En Lima huele todo el día a pollo.
4. Es una ciudad muy bonita, sobre todo la zona de Barranco, el centro y el paseo junto al Pacífico.
5. Recomendable el Parque de las Aguas, aunque haya que pagar (de noche, las luces son preciosas)
6. El tráfico es insoportable. Atascos casi a cualquier hora. Hay más coches que personas.
7. Todo lo que comí me gustó. Desde el lomo saltado hasta la papa rellena. Y el pollo, claro.
8. Todo bastante barato. Un sol (moneda local) son 0,26 céntimos de euro. Aun así, volví pelado.
9. Camisetas, banderas y apoyos a la selección peruana de fútbol por todas partes.
10. Muchísima gente trabaja en la calle como vendedor ambulante. Y está muy normalizado porque la gente les compra de todo.
11. La alternativa a los taxis y los autobuses son los 'carros', furgonetas que se abren sin parar y un tío grita en medio de la carretera el destino. La gente se sube y paga un sol.

MACHU PICCHU

12. Merece texto a parte. Para la gente que quiera ahorrar.
13. Vuelo a Cuzco con la compañía LC Perú.
14. Llegar y recibir la paliza de cientos de agencias que te quieren sacar el dinero.
15. Llegar al hotel (Mama Cuzco) y notar que te falta el aire. Maldita altura.
16. Comer a duras penas en el restaurante de enfrente. Maldita altura
17. Pasar casi todo el resto del día en la cama. Maldita altura.
18. Respiras mejor al día siguiente. Paseas por la Plaza de Armas y el casco histórico de Cuzco.
19. Compras la entrada al Machu Picchu en la calle Garcilaso. A los extranjeros (no peruanos) nos sale un poco cara.
20. Vas a la avenida Antonio Lorena y paras en una especie de terminal de autobuses donde se te tiran como locos por llenar las plazas. Con Selva Sur te sale por 15-20 soles hasta Santa María. Unas cinco horas.
21. De Santa María vas a Santa Teresa en un taxi colectivo (tienes que esperar a que se llene) por 10 soles (3€). Duermes allí porque has llegado a las nueve de la noche más o menos.
22. Al día siguiente, por 5 soles, coges otro taxi colectivo hasta la Hidroeléctica, desde sale un tren a Aguas Calientes, el pueblo del Machu Picchu. Pero tú dedices andar por al lado de la vía y en medio de la selva.
23. Tardas unas tres horas en llegar al pueblo, achicharrado y con ganas de tirar la ropa al río. Te compras unas camisetas graciosas de llamas, comes algo y coges el autobús para subir al Macchu Pichu (70 y tantos soles ida y vuelta para extranjero).
24. Disfrutar de una de las grandes maravillas del mundo.
25. Volver en tren a la Hidroeléctrica porque imagina hacer todo el viaje de vuelta igual que la ida. Con el vuelo al día siguiente por la mañana.

PD: Si la compañía es insuperable, mejor :)



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martes, 26 de septiembre de 2017

Mi viaje a Nueva York


 


¡Hola! En este post voy a resumir mi semana en Nueva York, uno de los mejores viajes de mi vida. Espero que sea de utilidad para aquellos que quieran visitar la Gran Manzana próximamente :)

Antes que nada, aclaro: el viaje en avión nos salió barato (poco más de 400€ ida y vuelta) porque lo compramos casi un año antes, y nos hospedamos en un airbnb en New Jersey porque era la opción más económica. El autobús a Manhattan tardaba entre 20-30 minutos y costaba 3,5 dólares por trayecto, y nos dejaba en la Porth Autority Bus Terminal, que tiene conexiones de metro con casi todas las líneas y lugares.


Miércoles 13 de septiembre

Me levanto a las seis de la mañana, con todo preparado, me ducho, me visto y bajo a la rotonda donde ya espera Javi. Al rato llega el coche del padre de Andreo y nos llevan al aeuropuerto de Alicante. El vuelo salía a las 09:40 horas y llegó a Madrid a las 10:50. Tuvimos que recorrer casi todo el aeropuerto para llegar a nuestra puerta. Antes de embarcar, hacían controles al azar (les tocó a los Javis, yo me libré). Despegamos a las 12:15 en el mejor avión en el que he montado nunca: películas, manta, almohada, comida y merienda gratis... Grande Iberia.



Llegamos sobre las 14:00 horas hora de Nueva York, a 45 minutos de que el Real Madrid hiciera su debut en Champions. Iluso de mí si pensaba que lo iba a ver. Tuvimos que rellenar unos papeles de aduanas y hacer una cola gigante. En el mostrador, registraron mi pasaporte, me hicieron varias preguntas (como que a qué me dedicaba), me tomaron las huellas dactilares y me hicieron una foto sin gafas. A Andreo le retuvieron durante más de una hora en un cuarto donde le hicieron bastantes más preguntas.

Lo primero que hicimos nada más salir de los controles fue comprar una tarjeta para el móvil con internet y llamadas/mensajes ilimitados por 40 dólares. Lo pagamos entre los tres y la metimos en mi teléfono y así estuvimos guiándonos con el Google Maps durante casi todo el viaje. Después cogimos el Air Train (5$, los pagas al llegar a tu destino) hacia la Jamaica Station, donde nos compramos una MetroCard (30$ para tener viajes ilimitados por una semana). Cogimos la línea E (para ver las líneas es muy útil la app MyTransit) rumbo a la Porth Autority, en la 42.

Allí, cogimos el autobús erróneo (el 166), que nos dejó lejísimos de nuestro apartamento, pero pronto aprendimos la lección: Al conductor que nos dejó en Nueva York al día siguiente le preguntamos en qué puerta se cogía el de vuelta (en la 230) y arreglado.

Compramos lo necesario en el supermercado y cerveza en una licorería (sí, no venden cerveza ni nada con alcohol en los supermercados) antes de pasar por el Burger King a pillar cena. PD: A mi paladar les supo igual que las de España. Poco después nos fuimos a dormir, casi 24 horas después de haberme despertado en Callosa.

Jueves 14 de septiembre

Nos levantamos pronto, desayunamos pronto (comí cereales con leche, un sándwich y un beagel con manteca de cacahuete (muy empalagosa) y cogimos pronto el autobús para pasar la mañana en Times Square y Central Park. Desde la Porth Autority se va prácticamente en línea recta, por eso antes pasamos por el Rockefeller Center para comprar un ticket para subir al Top of the rock en el atardecer del sábado (la mejor hora) por unos 30$. También nos hicimos unas fotos newyorkinas con los superhéroes típicos y con el vaquero de Toy Story.



Cuanto más nos acercábamos a Central Park, más se nos acercaban los tipos que alquilaban bicicletas. Cogimos tres por unos 12$ cada uno para tres horas, aunque luego descubrimos que se podían conseguir por bastante menos en la parte oeste del parque. Menos mal que cogimos las bicis, porque el parque es inmenso, y si queríamos ver algo más en profundidad nos bajábamos para echarnos fotos y demás. En uno de los descansos probamos el pretzel (muy salado) y visitamos el homenaje a John Lennon, situado en Strawberry Fields, justo enfrente del edificio Dakota, donde fue asesinado. Allí había un tipo tocando canciones de los Beatles. PD: Central Park está plagado de ardillas.

Dejamos las bicicletas y nos fuimos a comer. Por el camino vimos la Torre de Donald Trump. Nos tomamos unos perritos calientes en Gray's Papaya (famoso lugar de New York y no muy caro) y robamos internet de una cafetería cercana. Empezó a chispear un poco y quisimos ver el zoo de Central Park, pero cerraron sobre las 17 horas. Entonces cogimos el metro en la quinta avenida y nos dirigimos al Bronx, al Yankee Stadium, para disfrutar de un buen partido de béisbol.



Puede que fuera una de las actividades más baratas del viaje. Por 11 dólares (las compramos por internet) las entradas, por seis las típicas manos gigantes (en una tienda pegada al estadio, en las oficiales costaban casi el doble) y por otros seis una buena ración de palomitas que comimos entre los tres mientras bailábamos al son del teclado y celebrábamos los home-run de Judge, el ídolo local. Hambriento, me pedí un 'chicken giro' en uno de los puestos callejeros de la zona. Craso error. El curry no era picante, es que directamente venía del infierno. Toda la vuelta la pasé bebiendo agua fría.

Viernes 15 de septiembre

A la Estatua de la Libertad se va en un ferry que se coge en el Battery Park de Nueva York o en un puerto de New Jersey. Optamos por la segunda opción ya que nos encontrábamos en ese lado del Hugdson, pero tardamos una barbaridad en llegar. Tuvimos que coger un autobús (el 83) para que nos llevara a la estación de tranvía, y de ahí al parque, donde tuvimos que andar más de media hora. Los últimos minutos los hicimos corriendo porque creíamos que no íbamos a llegar. Ese día hacía calor e iba con pantalones vaqueros largos. Ni los vaqueros ni las zapatillas que llevé ese día regresaron a España.

Fuimos puntuales (09:00), pero el ferry no. Nos hicieron un huevo de controles antes de subir al ferry, que nos dejó en Ellis Island, donde hay un museo muy interesante de inmigración (con audioguía gratis en español). Luego cogimos otro ferry que nos dejó en Liberty Island, donde se encuentra la estatua. Nos echamos varias fotos antes de subir. Nos hicieron dejar las mochilas en taquillas (pagando, claro) y nos volvieron a hacer controles. Custodiando el acceso había militares de la SWAT. Allí arriba nos echamos unas cuantas fotos y nos marchamos no sin antes pasar por la tienda de souvenirs.



Cogimos un ferry a Lower Manhattan y tras pasar por el One World Trade Center (el edificio más alto de la ciudad  y el cuarto del mundo) nos fuimos a comer unas hamburguesas en Shake Shack, lleno hasta reventar. El pan, delicioso (igualito que el del TGB) y las patatas riquísimas (gracias a la salsa de queso). Las botellas de agua eran grandes y resistentes, así que nos las llevamos y nos duraron para el resto del viaje.

El postre me lo tomé en un carrito de los helados que se encontraba frente a un colegio. Más tarde encontramos por fin la tienda Century 21, una especie de Primark con ofertas de todo tipo. Yo me compré unos pantalones cortos (no podía llevar más los largos) y unos deportivos que me puso al momento. Ya con los pies destrozados, acabamos dando una vuelta por el distrito financiero, con Wall Street, el homenaje a los fallecidos en las Torres Gemelas (precioso) y la famosa estatua de la niña desafiando a un toro gigante. Y de ahí, a casa. Esta creo que fue la noche en la que nos encontramos una mofeta en la puerta. La tuvimos que espantar.

Sábado 17 de septiembre

Ya sin la necesidad de madrugar, y sin prevenir que a media mañana hay menos autobuses circulando, llegamos a Manhattan cerca de las 13 horas. En pocos minutos llegamos al Museo de Historia Natural, inmenso y con figuras realmente espectaculares. Me sorprendió la ballena azul, un calamar gigante luchando contra otra ballena, y los esqueletos de los dinosaurios, sobre todo el del Tiranosaurio rex.



Muertos de hambre, y gracias a una de las recomendaciones con las que contaba, comimos en The Dinner, para mí gusto las mejores hamburguesas que comimos en los siete días que estuvimos allí. Aun estando llenos, tenéis que probar la tarta de queso, pero no os pidáis un trozo para cada uno o reventaréis. Después nos dimos una vuelta por un mercado que pusieron en una de las grandes avenidas de Times Square, y de ahí al Top of the Rock, donde disfrutamos de las mejores vistas de la ciudad. La diferencia con el Empire State Bulding es que desde el nuestro podíamos echarnos fotos con el otro edificio de fondo, además de ver toda la frondosidad de Central Park.



De noche, Midtown, con Times Square y Broadway, es realmente espectacular. Las luces y las pantallas gigantes te cautivan. Hay que darse un garbeo sí o sí.

Domingo 18 de septiembre

Día para disfrutar del SoHo, con Chinatown (otro mundo) y Little Italy. Tuvimos suerte, porque se celebraba San Genaro y había una avenida llena de puestos de comida, donde probamos las maravillosas bolas fritas de oreo (Javi y yo nos compramos 30 para traer a Callosa). Antes de cervecear y comer por allí (bocatas y salchichas) visitamos la Catedral de St Patrick's (en plena misa) y el templo Mahayana, donde por un dólar leímos nuestra suerte en un diminuto pergamino y contemplamos el gigante buda dorado. También estuvimos unos minutos en Columbus Park. En mi vida había visto tanto chino jubilado.



Lo malo de Chinatown es que las calles huelen a pescado y que parece como si todo estuviera un poco más sucio. Lo bueno, que allí están más baratos los souvenirs. Yo me llevé ocho postales por un dólar.

Por la tarde nos dispusimos a atravesar el puente de Brookyn, pero nos equivocamos subiendo el de Williamsburg y nos dimos la vuelta a mitad de camino. Tras un rato contemplando a la gente corriendo y el río, subimos el puente de Manhattan para acabar, un rato después, en Brooklyn. Mientras Andreo buscaba el lugar del videoclip de 'Destino o Casualidad' de Melendi, Javi y yo hacíamos cola en Grimaldi's, una de las mejores pizzerías de New York. Después de cenar, regresamos a Manhattan atravesando, esta vez sí, el famoso puente colgante de Brooklyn con unas magníficas vistas de la ciudad.



Lunes 19 de septiembre

Esta vez empezamos desde arriba del todo, al norte de Manhattan, un poco más arriba de Central Park y cerca del barrio de Harlem. Paseamos por un parque muy bonito, Morningside Park, antes de visitar la Universidad de Columbia (chulísima) y comer en el Five Guys que me había recomendado mi buen amigo Gonzalo.



Desde ahí, comenzamos a descender por Riverside Park mientras contemplábamos el río y los numerosos campos de soccer y béisbol donde los niños entrenaban. Llegamos hasta el Intrepid Sea, Air & Space Museum (no entramos, pero desde fuera vimos un barco militar increíble) y seguimos bajando hasta llegar a High Line, un paseo entre los edificios en lo que antes eran unas vías de ferrocarril. Acabamos en un mexicano del Chelsea Market, donde nos tomamos unos tacos y quesadillas deliciosas.

Martes 20, miércoles 21 y jueves 22 de septiembre

El último día fue para hacer las últimas compras. Volvimos al Century 21, a Chinatown, a Times Square (estuvimos en el Madison Square Garden y en la Penn Station)... y nos pilló lluvia. Para comer, fuimos al mítico Katz's Delicatessen, donde Meg Ryan fingió el famoso orgasmo en 'Cuando Harry encontró a Sally'. Probamos por fin el sándwich de pastrami con mostaza y pepinillos, y debo decir que estaba demasiado seco para mi gusto (y un poco caro). Acabamos la noche en Times Square, comprando M&M en la tienda oficial y tomando algo en Ellen Stardust Dinner, un restaurante donde las camareras cantan sobre las mesas... ¡Y hasta bailan contigo!




El miércoles tuvimos que salir pronto del apartamento porque Tachín (o como se llamara la anfitriona) tenía que hospedar a otra gente. Pasamos casi toda la mañana en el Dunkin Donuts de enfrente y comimos algo en el bar irlandés de la Porth Autority, donde vimos perder al Athletic contra el Atlético (1-2) y al Madrid contra el Betis en el Bernabéu (0-1). Desde allí cogimos el metro y el Air Train hasta llegar a nuestra terminal (la 7) y a nuestro vuelo con British Airways, que nos dio manta, almohada, películas, cena y desayuno, auriculares, tapones para los oídos, antifaz, un bolígrafo... ¡Y hasta calcetines!

Salimos a las 22 h de Nueva York... ¡Y a las tres horas ya era de día! Claro que ya eran las siete de la mañana en Londres... A las 10 llegamos a la capital inglesa, donde hacíamos escala. En menos de cuatro horas vimos el Buckingham Palace, la Catedral de Westminster, el London Eye, el Big Ben, Trafalgar Square y el St James Park. Nos dio tiempo de sobra para ir al Primark a que Andreo se comprara unas botas. Llegamos de madrugada a Alicante, cansados, pero felices por un viaje maravilloso.




jueves, 27 de julio de 2017

Vitoria, un placer en verano




A mi madre le diré que a partir de ahora, si hacemos un viaje en verano, que sea al norte. No tiene ni por qué ser al norte de España. Me vale con cualquier norte. Al norte del planeta si es preciso. Al polo norte. Al gran norte con capital en Invernalia. Me da igual. Lo importante es que haga frío, o al menos que no haga el insufrible calor que estamos padeciendo en Madrid-Callosa.

Quizá la temperatura fue lo que hizo que Vitoria me gustara desde el primer momento. Desde que salimos del tren en pantalón corto y nos encontramos con 20 grados menos que hacía cuatro horas. Incluso llovía. Tuvimos que abrir las maletas en medio de la estación para sacar las chaquetas y los pantalones largos. No podía dejar de sonreír.



Tuvimos bastante suerte. Porque mi madre pilló el mejor hotel posible, en pleno centro, cerca de todo, con un bar con buenos desayunos (un bizcocho que estaba de muerto) casi en la puerta, tiendas y más tiendas alrededor, y los lugares de interés (como la Plaza de la Virgen Blanca, o el Museo de Naipes Fournier, o la Vieja Dama) a un paso.

También tuvimos suerte porque, sin saberlo, se estaban celebrando las pre-fiestas de Vitoria, y pudimos disfrutar de un gran ambiente. Los bares llenos, charangas en cada calle, concursos, espectáculos... Una pasada.



Encima, Vitoria es una ciudad súper-futbolera. Banderas del Alavés en cada balcón, en cada bar (incluido uno de una aficionada que hacía una tortilla de patatas con chorizo buenísima) y en cada vitoriano que no dudaba en llevar la camiseta blanquiazul. Orgulloso equipo de Primera División y finalista de la pasada edición de la Copa del Rey. Poco más se puede pedir, la verdad.

Sí, vimos Mendizorroza. Y el Buesa Arena. Y dos parques naturales, además de todos los monumentos de la ciudad. Lo único malo del viaje fue tener que volver a la realidad. Cuando salimos del tren, Chamartín parecía la entrada al infierno. El próximo verano hay que repetir: Lo más alejados del sur.


domingo, 9 de abril de 2017

Dos días perfectos




¿Qué pasa cuando todo sale rodado? ¿Cuándo los astros se juntan y parece que nada lo va a fastidiar? Rara vez pasa, por eso tengo que describir mis dos días maravillosos de esta semana.

Resulta que me encomendaron una entrevista a Sergio Asenjo, portero del Villarreal. Vi que tenía libre jueves y viernes. Pregunté si podía ser viernes, pues ese mismo día el Submarino jugaba contra el Athletic. Me dijeron que sí. Además, un amigo vive allí y no tenía problemas en quedarme en su casa a dormir. Además, su hermano (uno de mis mejores amigos) también tenía pensando ir. Poco después me dijo mi hermano que iría con tres amigos más de Callosa. La leche.

Y pensé... Si cojo un autobús el mismo día voy a llegar muy justo a la entrevista (era a las 14:00), y ya que tengo libre jueves... ¿Por qué no me paso por Valencia antes? Allí tenía a Esteban y Adrián, dos grandes amigos con los que pasar una buena noche de cañas por la capital del Turia. Encima se unió Pablo (otro gran amigo). Adri me recogió en la estación, fuimos al Oceanográfic a recoger a Esteban y nos fuimos a tapear y cañear como cosacos antes del tradicional TGB. ¡Y encima apareció por allí mi prima!


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Desayuno de lujo en una cafetería recomendada (un bocadillo redondo con bacon, queso parmesano y no se qué más y un zumo de naranja). Coger un cercanías a Villarreal al tiempo que me informan de que la entrevista será por la tarde. Mejor, así como con Carlos y sus dos hermanos en el Burguer King. Después, a recoger las entradas para el partido, descansar en el piso y tomar un café por la calle. Comprar dos banderines del Villarreal en la tienda oficial y salir pitando a la Ciudad Deportiva del Villarreal.

Entrevista deliciosa con Sergio Asenjo, una persona muy agradable que merece mucha más justicia de la que se ha llevado hasta ahora en el fútbol. Ir hacia el Estadio de la Cerámica y encontrarme con mi hermano, ambos con una cerveza en la mano. De repente, aparece Clara Piera (reportera de Gol) y nos entrevista. Desfase. Luego nos tomamos unas bravas espectaculares en un bar pegado al estadio y entramos unos minutos antes de que empiece el partido.




Entramos por un acceso que parece privado. Subimos por un ascensor que parece privado. Entramos por una puerta que parece de lo más privada. Y encontramos comida por todas partes y cerveza (con alcohol), toda la que queramos. Nuestros asientos, acolchados. Y la vista de campo, casi inmejorable. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de un partido que ganó el Villarreal 3-1, consolidando la quinta plaza. ¿Qué más se puede pedir?

Después, dar una vuelta por Villarreal, tomar un par de cervezas y volver al piso a descansar después de dos días increíbles. El viaje de vuelta se hizo largo, pero al llegar a Madrid ya tenía un derbi esperando y una jornada futbolera emocionante por delante. Cómo me gusta.



miércoles, 23 de noviembre de 2016

Sevilla, qué ciudad





Lo reconozco. Lo que me hizo lanzarme a hacer este genial viaje a Sevilla fue la oportunidad de acercarme lo máximo posible a Gonzalo Higuaín. Si iba acreditado, quizá podría hablarle en zona mixta, o esperar en la puerta de su hotel a que saliera, o pegarle un grito y conseguir que me firmarse algo.

Pero, con la entrada de mi hermano, los viajes comprados y la acreditación pedida, un día antes de la salida, la Juventus anunciaba que el argentino no iría convocado a causa de una lesión en el muslo izquierdo.

No voy a negar que aquelló me hundió un poco. Pero había planeado ver tantos sitios, estar con mi hermano de viaje en una ciudad a la que nunca había ido, ir por primera vez al Sánchez Pizjuán y sentir miles de gargantas cantando el himno del Arrebato... que al final, lo de Higuaín (que me iba a poner nervioso todo el día) se convirtió en algo secundario.

Así que traté de aprovechar al máximo los dos días libres que tuve. A las 11:35 llegue a la estación de Santa Justa en un AVE procedente de Madrid. Dejé las cosas en la pensión (preciosa, en una callejuela sevillana muy cerca del centro) y me fui a almorzar a un bar cercano (una caña y una tapa de carrillera). Cuando oí por primera vez el acento sevillano de una chica joven (en este caso la camarera), se me pusieron los pelos de punta. Sí, entiendo que muchos se enamoren de algo así.


De allí, me puse a buscar cosas que ver de mi libro '1000 sitios que ver en España al menos una vez en la vida', De una tacada me fotografié en la Calle Sierpes, la Casa de Pilatos, la Iglesia del Salvador y la Basílica de la Macarena (ésta un poco más lejos). Entonces llegó mi hermano y nos fuimos a comer a un sitio que me habían recomendado, el Te espero te esquina, donde nos comimos un buen mantecado de solomillo al whisky con patatas y un trozo de tarta de chocolate.




Pasamos la tarde dando vueltas por el casco histórico, y nos hicimos fotos en la Catedral de Sevilla, el Archivo de Indias, la Torre del Oro y el puente de San Telmo, además de pasear por el Barrio de Santa Cruz. Cuando se hizo tarde, cogimos un taxi rumbo al estadio. Allí nos tomamos unas cervezas con Alberto, un excompañero del Máster de Marca, antes de entrar al campo. Conseguimos sentarnos juntos después de escuchar, de pie, el himno que ponía a toda España (y Europa) de punta.



Ganó la Juventus 1-3 en un partido donde el Sevilla fue mejor hasta la expulsión del 'Mudo' Vázquez. Mientras, mi hermano escuchaba cómo iba el Madrid y saltábamos de alegría con cada gol, sobre todo con el de Benzema en el 86'. Luego un marroquí al que le pedí que nos hiciera una foto se puso a cantar "Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer, si fuiste campeón de Europa por undécima vez".

Nos volvimos andando al centro, y tapeamos un poco en La Carbonería, donde disfrutamos por primera vez de una genuina actuación flamenca. Luego terminamos la noche bebiendo cerveza en un irlandés. Aquel día (martes), batí mi récord personal de pasos en un día (más de 33.000).

Al día siguiente, desayuno espectacular en la Tapatería y a intentar entrar en la Catedral. Fue imposible (cola gigante). Acabamos en el Real Alcázar, famoso por ser patrimonio de la humanidad y por contener Los Jardines del Agua de Dorne (Juego de Tronos). A nosotros nos importaba más lo segundo.




Después fuimos a Triana y nos tomamos un pescaíto frito y unos deliciosos chipirones con arroz negro al ladito del río Guadalquivir, junto al puente. Aquel momento fue de lo más placentero. De ahí dimos otra vuelta por el Barrio de Santa Cruz y ya nos fuimos a la pensión a recoger nuestras cosas y abandonar Sevilla, con la promesa de que intentaremos volver lo antes posible. Es una ciudad maravillosa.




lunes, 25 de julio de 2016

El viaje de nuestras vidas

¿Cómo sabe eso de que ansías tanto hacer una cosa, que pasan los años y todo sigue igual hasta que un día descubres que sí, que lo vas a hacer, y que será tan maravilloso como se suponía? Pues la verdad es que sabe a muchísimas cosas, todas buenas, desde el momento en el que ves a tus amigos sentados en el banco esperándote a que les abras la puerta de casa hasta que acabas en el piso de una desconocida bebiendo cerveza y ahogando nuestros últimos segundos juntos.



Describo este viaje, el del Interrail, como el mejor que hemos hecho en nuestras vidas. No porque cada viaje es mejor que el anterior, ni porque lo tenga tan reciente que así me lo parezca, o simplemente porque quiera presumir de haber vivido una experiencia así. No. Este viaje lleva la palabra MEJOR y, por supuesto, la palabra VIDA.

Es difícil contar con detalle lo que me hemos vivido en seis días (contando los días juntos en Madrid, me salen casi 10). En realidad,  hay cosas que ni siquiera soy capaz de explicar. Hay otras que si las contara saltarían chispas por todas partes. Así que me remitiré al guión establecido del viaje. Y lo haré de carrerilla:

Sábado 16 de julio

Me encontré a Carlos, Sergio y Fenoll en el banco de enfrente de mi casa, en Madrid. Subimos. Descansamos un rato. Fuimos a Chamartín a preguntar si desde allí se podían reservar billetes internacionales. Fuimos al Tigre a comer y beber como salvajes. De ahi al MaskCopas. De ahí a la Risueña. De ahí a una copia del Mercado Provenzal. De ahí a dormir.



Domingo 17 de julio


Llego a casa de trabajar. Me los encuentro jugando a la xbox. Me voy con Fenoll a ver cosas que nos pueden dejar para nuestro nuevo piso. Volvemos a casa y ya ha llegado Adrián. Nos vamos a cenar al Museo del Jamón. Nos tomamos la última en el 100 Montaditos-Sureña. Volvemos a casa.


Lunes 18 de julio

Nos despertamos. Fenoll se afeita en el pasillo de la entrada. Nos repartimos el companaje de Adrián entre las maletas. Nos vamos a desayunar a la cafetería del Intercambiador. Sacamos dinero. Compramos bocadillos en el bar del Metro. Llegamos al aeuropuerto. Compramos cartas por valor de casi 8 euros. Embarcamos. Hace calor en el túnel de vestuarios. Entramos en el avión. Dos horas después llegamos a Bruselas. Nadie nos hace un control ni nos toca nuestros huevos s_____s.



Encontramos a nuestro chófer, pero casi le perdemos unas diez veces porque a pesar de su barrigón anda muy deprisa. Nos lleva a la puerta del hotel Albert. Cogemos un tranvía. Llegamos a Grand Place. Vemos al niño meando. Nos comemos un metrallete (bocadillo de carne, cebolla, muchas patatas fritas y salsa picante) en Fritzland. Unos españoles a nuestro lado nos oyen comentar lo bien que vamos a cagar (IRONÍA) después de esos bocatas. Nos vamos a beber al Delirium. Una bota de cristal de cerveza, sí. Hablamos con unas madrileñas y luego con unas guiris americanas. Buscamos un bar más barato y acabamos en otro Delirium porque el camarero nos convence. Nos sentamos con unas chicas portuguesas. Aparecen las guiris americanas. Bebemos hasta que cierran. Nos volvemos al hotel andando. Igual tardamos una hora mientras Fenoll capturaba pokemons.

Martes 19 de julio

Nos levantamos. Cogemos un autobús. Dejamos las maletas en la consigna de la estación de tren. Desayunamos unos gofres. Nos vamos a recorrer las inmediaciones del Parlamento y la Comisión Europea. Visitamos el Museo de Dinosaurios. Nos perdemos. Hace mucho calor. Encontramos una parada de metro. Vamos a sacar las cosas de la consigna pero hemos perdido el ticket. Pagamos 12 € y nos devuelven las cosas. Compramos barras de pan para hacernos bocadillos con el companaje.




Cogemos un tren destino Gante. Cogemos un tranvía destino al hotel. Nos deja al pie de una cuesta enorme. Llegamos a nuestra habitación, en la que hay 14 camas, un calor insoportable y un aparato de aire acondicionado estropeado. Nos duchamos y al rato estamos sudados otra vez. Salimos de allí pitando. Descubrimos que Gante está en fiestas. Nos dan agua potable gratis. Cenamos en el Mosquito Coast (un fraude). Nos vamos a beber a un Delirium frente a una feria. Carlos se bebe dos cervezas en 9 segundos. Acabamos en una carpa bailando. Nos vamos a dormir.

Miércoles 20 de julio

Nos despertamos como si hubiéramos estado 20 horas en una sauna. Asaltamos el buffet-desayuno para compensar la habitación infernal. Dejamos nuestras cosas en el hotel y nos vamos a patear Gante. Damos un paseo en una barca en el canal con muchos españoles. Nos dan un helado gratis y un paraguas multicolor. Entramos en las mazmorras de un castillo. Echamos dinero en un pozo y pedimos un deseo. Nos hacemos unas cuantas fotos en la ciudad y nos comemos un perrito caliente gigante con una cerveza Jupiler. Vamos a Primark a comprar ropa de verano porque media maleta era de invierno (nos dijeron que haría frío y hacía más calor que en la comunión de Charmander).




Recogemos nuestras cosas del hotel y vamos a la estación con destino a Brujas. Casualmente nos encontramos allí con unas españolas que vimos en Gante. Cogemos un autobús dirección al hotel. En esta habitación corre más el aire, pero no hay consignas. Compramos candados y nos tomamos una cerveza en el bar del hotel. Nos hacemos unos bocatas con el companaje y nos vamos a ver Brujas. Volvemos al bar del hotel y nos tomamos unos jagger boom y unas birras en la happy hour mientras jugamos al 'culo' con unas españolas. Nos acostamos.

Jueves 21 de julio

Nos levantamos temprano. Desayunamos en el buffet del hotel. Llegamos a la parada de autobús y si lo esperamos no llegamos al tren con destino a Bruselas. Salimos corriendo. Llegamos reventados a la estación. Cogemos el tren a Bruselas, pero allí, por pedirnos unas hamburguesas calle abajo, perdemos el de Amsterdam. Aprovecho y me compro dos cajas de mejillones.




Me como una en el tren. Llegamos a Utrecht, donde decidimos que ibamos a dormir, pero cancelamos la habitación y reservamos otra en Amsterdam. En los pocos minutos que estuvimos en Utrecht nos encontramos con un callosino (ESTABA CLARO). Llegamos a Amsterdam. Cogemos el tranvía. Llegamos al hotel. Dejamos las cosas y nos vamos a ver el centro de la ciudad. Visitamos los coffee shops, el barrio rojo y demás. Perdemos la noción del tiempo. Nos vamos a dormir.

Viernes 22 de julio

Madrugamos para ir al Mercado de las Flores, Alquilamos unas bicis y damos una vuelta por la ciudad. Nos dan queso gratis en una tienda. Nos vamos a un parque enorme y precioso. Encontramos un sitio perfecto y nos ponemos a jugar a las cartas. Volvemos a perder la noción del tiempo. Por la tarde, acabamos en un trocito de césped junto a un lago, acostados mientras un tipo tocaba la guitarra y cantaba como los ángeles al tiempo que la brisa soplaba a nuestro favor.




De los mejores momentos de nuestra vida. Comemos unas hamburguesas aplastadas del Mcdonalds. Volvemos al hotel a ducharnos. Vamos al centro. Cenamos con las guiris americanas que conocimos en Bruselas. Una de ellas parece que va encocada perdida. Nos invitan a cervezas y croquetas (ellas las llaman albóndigas) en otro bar. Nos tomamos un gofre (el cuarto de la semana). Nos bebemos una botella de 2 litros en apenas 15 minutos. Volvemos al hotel. Dormimos.

Sábado 23 de julio

Nos levantamos. Dejamos las bicis. Cogemos un tranvía con destino a la estación de tren. Cogemos un tren con destino a Bruselas. Allí comemos unos bocatas en un restaurante suizo. Luego los mejores gofres de la ciudad (el quinto de la semana). Compramos souvenirs y chocolate belga. Nos tomamos la última birra en el Quick. Cogemos un autobús con destino al hotel Albert.



Esperamos al chófer en un bar. Dormimos en el coche de traslado al aeuropuerto. Allí encontramos a unas madrileñas que habíamos visto como tres veces en Bruselas. Quedamos con una de ellas para salir por ahí al llegar a Madrid. Bebimos unas cervezas. Y unos cubatas. Y llegamos a casa a las 6 de la mañana. Al día siguiente finiquitamos nuestro periplo en el 100 Montaditos, dando por hecho que este viaje ha sido, seguro, mejor que un día sin pan (solo ellos lo entenderán).



sábado, 2 de julio de 2016

Un día en la Eurocopa 2016

Esta es la historia de un viaje inolvidable express a Marsella. Dicen que es preciosa, pero yo casi no pude saborear la mayoría de sus monumentos y atracciones. Solo el monumento más importante, el Velodrome, y la atracción más importante: la Eurocopa 2016.




Tener la oportunidad de acudir a un partido de este torneo es equivalente, para mí, a estar en el paraíso. Mi amigo Samuel vive a dos horas de Marsella, en Montpellier, y compró entradas para todos los partidos que se iban a disputar en esa ciudad. Al ser minusválido, siempre iría con acompañante, y gracias a que pude contar con dos días libres, elegí el primer partido de cuartos, pensando que si España quedaba primera de grupo y eliminaba a su rival en octavos, la vería en directo en una de sus citas más importantes.

No pudo ser. La Roja acabó segunda por un penalti fallado de Ramos y un gol casi en el descuento de Perisic, y para colmo fue eliminada en la siguiente ronda a manos de Italia. El partido que veríamos sería el Polonia-Portugal, un Lewandowski-Cristiano Ronaldo, vamos. Tenía miedo de que las aficiones no estuvieran a la altura de otras como la británica o la islandesa, pero me sorprendieron sobremanera.




Pero bueno, que me voy por las ramas. La historia comienza un jueves a las cinco de la mañana. Suena Summer of 69 en el despertador y unos minutos después recibo una llamada perdida. Es el taxista. Al ver que no le llamo, me manda un mensaje y me dice que ya está abajo. Me preparo una mochila, me visto y salgo del piso. Dos horas después ya estoy en un avión con destino a Marsella, Debo decir que creo haber aprendido a guiarme (por fin) en los aeropuertos y en este tipo de viajes. La única pega: no mastiqué chicle mientras aterrizaba el avión y el oído derecho se me taponó como si tuviera cera para diez procesiones. Por suerte, volvió a la normalidad unas horas después.

Poco después llegaban Samuel y su hermano Yann en la furgoneta para recogerme rumbo a la ciudad. Aparcamos cerca del estadio -eran casi las 10 de la mañana y apenas había ambiente de día de Eurocopa- y nos digirimos a los alrededores a comer algo. Unos crepes con chocolate, para ser más exactos.



Insistí en ir a la Fan Zone. Yo esperaba una carpa en la que hubieran cientos de polacos bebiendo cerveza hasta el amanecer del día siguiente, pero nos encontramos con un recinto gigantesco y semi-vacío en medio de la playa. Allí nos encontramos con cuatro españoles -como nosotros, con la camiseta de la Roja- que venían desde el País Vasco para ver el partido. Nos los cruzamos hasta tres veces durante el día, y nos invitaron a cubatas de ginebra -muy fuertes por cierto-.  En aquella playa comprobamos que algunos polacos barrigones y algunas bellezas polacas disfrutaban de un buen baño y del -soporífero- calor que hacía en ese momento. En la Fan Zone chutamos penaltis, nos hicimos fotos rocambolescas, entramos en sorteos, jugamos al Pro, pintamos en un mural y nos bebimos una fresquita y carísima cerveza (siete euros).

La vuelta a los alrededores del estadio fue asfixiante, pero lo amenizamos con los cubatas de ginebra y los saludos con los polacos (¡Polska!) y los lusos (¡Portugal!). Lo que nos terminó de sacar una sonrisa definitiva fue un polaco que nos quería vender una entrada y se la acabó regalando a Samuel mientras le explicaba que había sufrido un accidente de coche y casi acaba en silla de ruedas. Esa entrada permitió a Yann entrar al campo con nosotros.




Volvimos al Velodrome. Allí comimos paninis (deliciosos) y nos dimos un garbeo por la zona, ya plagada de polacos y portugueses. Empezaron a calentarse. Nos encontramos con un portugués fan del Sporting de Lisboa y defensor de Cristiano Ronaldo y Pepe que nos contó mil anécdotas. Lo mejor llegó cuando la plaza se llenó de polacos que empezaron a cantar y no pararon. Nos unimos a los cánticos y disfrutamos de lo lindo. En esas, me crucé con un alemán que se puso a cantar el Que viva España de Manolo Escobar y que me restregó por la cara que eran campeones del mundo. Yo le contesté con un 'Carles Puyol' y se le borró la sonrisa al tiempo que reproducía lo que yo consideré como 'improperios alemanes'.




Por fin era la hora de llegar al campo. Con los pies destrozados, un voluntario de la UEFA se ofreció a llevarnos en jeep a la puerta por la que entrábamos. Un crack. Entrar al Velodrome fue como entrar por la pantalla de televisión en la que días atrás veías los partidos de la Eurocopa y soñabas con formar parte de eso. El partido acabó empate a uno y nos fuimos a la prórroga y a los penaltis. La vuelta se retrasaba: llegaríamos a las 4 de la mañana a Montpellier.

Pesadilla

Ahora les voy a contar la otra cara de la moneda. No quiero extenderme mucho porque es recordar esas horas y me entran ganas de tirarme por la ventana, pero es necesario contarlo porque creo que hasta hicimos historia.

Llegamos al coche a las 00:30. Arrancamos, conducimos 200 metros... y Yann no puede doblar el volante. Se atasca. Maldice a los dioses viejos y nuevos y para el coche junto a un semáforo. Llama a sus padres. Cuelga. Resulta que tiene una antigua avería y no funciona. Hay que llamar al seguro.

Cuando vuelve de llamar, nos dice que hay que esperar una hora a que llegue la grúa y compruebe los daños para después buscar una solución para nosotros. O volvemos en un taxi adaptado a Montpellier o dormimos en un hotel con cama pagada. Les voy a adelantar el final: no ocurrieron ninguna de las dos cosas. Estuvimos horas y horas esperando hasta que un hombre marroquí nos llevó con la grúa a un depósito donde Cristo perdió la chancla y dando tantos tumbos que Samuel casi acaba volcado en el suelo.



Llegamos al depósito. Yo ya temía que nos descuartizaran vivos. En lugar de eso, guardaron la furgoneta y nos metieron en una sala con un sofá y dos sillas a esperar. Esperar. Esperar. Eran las tres de la mañana y yo llevaba casi 24 horas sin dormir. Yann recibía una llamada cada cierto tiempo y yo me hacía ilusiones que se rompían en cuanto colgaba. Que no encuentran hoteles, que no encuentran taxis adaptados, que bla bla bla. Acabé durmiendo en el suelo de aquella sala perdida dios sabe dónde.

Nos despertaron cuando más calor hacía para seguir esperando en recepción, donde había aire acondicionado. Una mujer nos dijo que en 15 años que había trabajado allí jamás se había quedado nadie allí a dormir. Eran las 8 de la mañana y estuvimos esperando cuatro horas más hasta que apareció un taxi con un remolque que nos dejó en Montpellier 15 horas después de haberse roto la furgoneta.

Calma

Tras la tempestad, conseguimos descansar en casa de Samuel. Comimos hachís (un plato típico francés, no droga) y entre eso y una ducha conseguí revivir. Luego gané una partida al chinchón y jugamos unos cuantos fifas antes del Bélgica-Gales, que disfrutamos con unas cervezas y unos tacos rellenos de tres carnes, queso y patatas verdaderamente espectaculares. Sobre la 1 y pico ya estaba en la cama recuperando horas de sueño, y al día siguiente me preparaba para volver a Madrid, tras dos días intensos pero emocionantes. Experiencia maravillosa.






jueves, 28 de mayo de 2015

Cambridge: Capítulo 3




Escribo este capítulo final ya en casa, en Madrid, con la habitación hecha un desastre y después de recuperar muchas horas de sueño acumulado. En la madrugada de ayer, todavía en tierras inglesas, cogí en Cambridge un autobús a las tres de la madrugada para ir al aeropuerto, esperar hasta las seis para coger el avión y llegar al piso a las once de la mañana. Sí, fue una muerte lenta y dolorosa.

Pero mereció la pena. Sobre todo por un último día alucinante. Contamos desde la noche del lunes, cuando fuimos a un sitio magnífico e irreal de Cambridge, el 'LOLALO', un lugar donde ponen todo el reggaeton que te puedas imaginar, ambientado en una especie de selva tropical. Ojo, porque pusieron hasta la 'Macarena', y fliparíais viendo a los guiris, borrachos perdidos, bailando aquello. Ojo: en la foto, con Mónica, otra callosina por el mundo. Estamos en todas partes. ¡En todas!


Como en todos los garitos de Inglaterra, el Lolailo cerró a las tres de la madrugada -de nuevo, chapamos el pub-, así que teníamos unas cinco horas para descansar antes del gran viaje a Londres. Sin embargo, la muerte y la resaca nos obligaron a salir hacia la capital inglesa, en tren, a las doce.

Llevaba nueve años sin pisar Londres. Lo que recordaba del Támesis era un río donde la mujer que me acogía por entonces se ganaba la vida tocando la guitarra. Cuando lo vi, esplendoroso, enorme -un poco lleno de mierda, también- delante de mis narices, supe que con 16 años no había apreciado de verdad la magnitud de donde me encontraba.


Dimos un rodeo chulo por la zona, antes de irnos a comer a una especie de antro -inciso: en Inglaterra, al contrario que en España, los antros son, además de antros, caros de cojones-. Después, vimos el Big Ben, el Golden Eye, el palacio de Buckinham, Green Park y, por último, Picadilly Circus, parcialmente acompañados por la señorita Ana Sancho, quien nos enseñó la zona, nos llevó a a beber cervezas en happy hour y nos descubrió una de las mejores hamburguesas que he comido.

La vuelta fue mortal, sí. Llegamos a Cambridge a las doce de la madrugada y quedaban tres horas para coger el bus. Pero había que ir a Londres, y disfrutar de un día increíble en el que a la gente le chocaba ver a Sergio y a mi con las camisetas de Liverpool y Manchester (¡Mirad, están andando juntos!), en el que comprobamos que la capital está dominada por una franquicia llamada PRET AND MANGER (pero Fenoll desafió el sistema dejando un regalito en uno de ellos); y en el que hablar inglés -o spanglish, o inglés murciano- nunca fue tan reconfortante.



Nos lo hemos pasado en grande. Sobre todo con mis gratas experiencias con los taxistas. En la noche del Lolailo, el conductor me agarró del brazo porque Fenoll todavía no le había pagado. Y en la vuelta de Londres, como todavía no me acostumbro y estaba tan cansado que no vi el volante, me senté en el asiento del taxista. El hombre, ya mayor, abrió la puerta y me preguntó, con tono serio: Are you a driver? Sergio todavía se está descojonando.

Han sido miles los detalles que han hecho que este viaje sea maravilloso. Lamentablemente, no me acuerdo de todos, y darían para escribir diez entradas como esta. Pero el más importante es el hecho de saber que da igual estar en Madrid, en Alicante, en Cambridge, en Múnich o en Singapur. La amistad jamás se rompe. Y estamos dispuestos -cuando ahorremos- a ir hasta el fin del mundo si es necesario.